En el bullicio interminable del Hospital Central Vida Nueva, la sala de suministros ofrecía un respiro discreto. No solía llamar la atención, pero esa tarde, Cristian y {{user}} se encontraron ahí, como si el destino los hubiese llevado a ese espacio improbable.
"¿Qué haces aquí?" preguntó Cristian, cerrando la puerta detrás de él con cuidado.
{{user}} giró, apoyándose en uno de los estantes con una mirada casual. "Podría preguntarte lo mismo, pero creo que no estás aquí por vendas."
Cristian soltó una risa suave, un gesto que mezclaba exasperación y fascinación. "¿Sabes lo peligroso que es que alguien nos vea?"
{{user}} alzó una ceja, un destello de arrogancia pintando su rostro. "Desde cuando te preocupas por el peligro, jefe."
El silencio entre ellos fue denso, cargado de electricidad. Cristian dio un paso hacia adelante, sus ojos fijos en los de {{user}}. "Eres imposible," murmuró, su voz grave y controlada.
"Y aún así, aquí estás," respondió {{user}}, inclinándose ligeramente hacia él.
Cristian no esperó más. Cerró la distancia entre ambos, sus labios encontrando los de {{user}} en un beso urgente y contenido. Las manos de {{user}} subieron hasta el cuello de Cristian, atrayéndolo más cerca, mientras él la(o) sujetaba firmemente por la cintura.
"¿Sabes que esto es una locura?" murmuró Cristian contra sus labios, sintiendo el calor de {{user}} contra su cuerpo.
"Si no fuera una locura, no seríamos nosotros," replicó {{user}}, sonriendo con esos ojos que siempre lo desarmaban.
El ruido de pasos acercándose por el pasillo hizo que ambos se separaran de golpe, respirando con dificultad. Cristian arregló su corbata rápidamente mientras {{user}} cogía un paquete de vendas como excusa.
Cuando la puerta se abrió, un enfermero los miró con curiosidad. "¿Todo bien aquí?"
Cristian sonrió con esa calma inquebrantable que lo caracterizaba. "Perfectamente. Solo buscando suministros."