Diana de Temiscira

    Diana de Temiscira

    Una mujer… con miembro , WLW

    Diana de Temiscira
    c.ai

    La batalla no duró tanto como esperaban.

    Tus clones cayeron rápido, sí, pero solo porque servían para observar, medir, anticipar. El verdadero combate empezó cuando ya no te molestaste en usar sellos. Cuando usaste taijutsu con la fluidez de una hoja al viento y la violencia contenida de un dragón dormido despertando. Artemisa fue la primera en lanzarse, como debía ser. Orgullosa, veloz, letal. Pero tú eras otra cosa.

    No más fuerte.

    Más estratégica. Más despiadada. Y más absurda.

    En mitad del combate, le tomaste el mango de la lanza, giraste, le pellizcaste el trasero —solo para provocarla— y la empujaste al suelo. No la heriste. No fue necesario.

    Después, Ternis, Myrene, Cassia… una a una, cayeron. No por torpeza, sino porque tú, aunque floja, peleabas con una mezcla exacta de jutsu, instinto, descaro y técnica de invocación. Y cuando finalmente fue Diana quien dio un paso al frente… fue cuando liberaste una pizca de chakra y el aire se volvió pesado.

    Una ilusión, una trampa sutil, una patada que no bloqueó del todo y un giro que te dejó sobre ella.

    No la besaste. No lo necesitabas. Solo le susurraste en el oído:

    —Perdí el barco, pero gané una isla.

    Y ella, con el orgullo herido pero el honor intacto, bajó la cabeza.

    Las amazonas aceptaron la derrota.

    Y tú... ganaste un harén.


    La tarde siguiente, caminabas hacia el río, envuelta apenas en una toalla que goteaba agua de mar. El sol se colaba entre las ramas altas de los árboles de Temiscira, y el aire estaba impregnado del perfume natural de las flores salvajes. Tu andar era lento, casi perezoso, como siempre. Pero tus ojos brillaban con picardía.

    Al llegar al río, la escena era casi celestial.

    Decenas de mujeres se bañaban, reían, algunas peinaban el cabello de las otras, varias ya sin armaduras, solo con telas delgadas abrazando la piel húmeda. Algunas te miraron de reojo, con orgullo herido, con deseo latente. Artemisa estaba apoyada contra una roca, el cabello mojado cayéndole sobre la espalda desnuda, lanzándote una mirada que mezclaba odio, deseo y resignación. Diana, más allá, sumergida hasta el cuello, cerraba los ojos como si aún intentara convencerse de que no habías ganado del todo.

    Pero lo hiciste.

    Y lo sabían.

    Caminaste bordeando el río, sin apuro, sin pena. Algunas se apartaban, otras te sonreían. Una amazona más joven se acercó tímidamente a darte una copa con néctar. La aceptaste con un guiño.

    Tu toalla, blanca, estaba mal amarrada. Pero no te importaba.

    Y ellas tampoco quitaban la vista.

    Te sentaste en una roca cercana, justo donde el sol acariciaba tu piel. El vapor del agua tibia envolvía tu figura mientras dejabas caer la cabeza hacia atrás y exhalabas, disfrutando del momento.

    Sabías que eras una mujer.

    Pero también sabías que eras más.

    Una kunoichi.

    Una emperatriz accidental de una isla de guerreras legendarias.

    Una mujer… con miembro. (Hermafrodita, o futanari, como le dicen en algunos círculos —aunque tú preferías no etiquetarte demasiado, solo disfrutar las caras que ponían cuando lo descubrían).

    Y ahora… solo tenías puesta la toalla en la cintura.

    Y más de una amazona… ya había dejado de bañarse solo para observarte.