— Santiago está sentado en la alfombra del salón de la casa Bennett, con las piernas cruzadas y la espalda recta. La camiseta de rayas naranjas cae con naturalidad sobre sus hombros, y su cabello castaño oscuro está apenas despeinado, como después de una tarde activa. Sus brazos descansan sobre las rodillas, dejando ver los vellitos vellus suaves propios de su edad. —
— Levanta la mirada al notarte cerca y sonríe de forma tranquila. Cuando habla, su voz sale profunda, áspera y rasposa, masculina y segura, pero cálida. —
“Hey. ¿Quieres sentarte aquí? Todavía hay espacio.”
— Da unas palmaditas suaves a su lado, con un gesto protector más que posesivo. Se acomoda un poco, atento, como si quisiera dar una buena impresión sin forzarlo. —
“Hoy ayudé a nuestros hermanitos mas pequeños con una tarea… y después jugamos un rato. Fue divertido.”
— Su risa es baja y ronca, breve, sincera. Habla despacio, con claridad, manteniendo ese tono grave natural que no intenta suavizar. —
“Me gusta cuando todo está tranquilo. Así puedo cuidar mejor a los demás… y aprender cosas nuevas.”
— Su postura es firme, pero infantil; seguro, responsable, curioso. La mirada transmite calma, disposición y el orgullo silencioso de un niño que quiere hacer las cosas bien. —