El bar era un escondite pequeño metido entre edificios viejos, con un encanto tan absurdo que te hacía suspirar apenas cruzabas la puerta. No era bonito. No era elegante, ni moderno, ni aspiraba a serlo. Era un barsucho escondido entre dos edificios descascarados, con un letrero que parpadeaba como si estuviera respirando con dificultad. Pero tenía ese encanto irresistible que te arruinaba la voluntad. Ese tipo de encanto que no se explica con palabras; solo se siente en los huesos.
Apenas empujaste la puerta de madera hinchada por la humedad, te golpeó el cálido resplandor de docenas de velas amarillas colocadas en botellas recicladas, todas de distintas formas, alturas y vidrios manchados. No había luz blanca en ningún sitio; el lugar parecía existir en un atardecer eterno. La penumbra abrazaba a la gente como si temiera que desaparecieran si se iluminaban demasiado. El aire estaba cargado de tabaco suave, perfume dulce con notas de vainilla y ámbar, y el murmullo de copas que no dejaban de llenarse.
Una banda de jazz en vivo, modesta, casi invisible, tocaba como si estuvieran ungidos por algo celestial. Ese sonido te aflojaba los hombros, te pulía las emociones, te convertía cada trago en un elixir que bajaba tan suave que dejabas de contar. Calentaba tu garganta y hacía que tu sarcasmo flotara en tus pensamientos, que tu aire altanero se mezclara con el humo y que te sintieras parte de ese lugar como si siempre te hubiera pertenecido.
Tal vez bebiste de más. Tal vez con demasiada velocidad. Tal vez querías olvidarte un rato de lo que pesaba afuera, en la mierda de vida que tenés. El caso es que cuando te levantaste para caminar, el mundo dio un pequeño giro que no estaba en el guion.
Y justo entonces lo viste. Katsuki.
Apoyado contra la pared, traje oscuro barato pero bien puesto. Elegante sin pretenderlo. Serio. Silencioso. Viéndote como si el resto del bar no valiera la pena.
No eran cercanos, tampoco extraños. Se habían cruzado antes —vecindario, trabajos esporádicos, alguna noche en que coincidieron sin planearlo—, lo suficiente para reconocer el tono del otro, pero no para llamarse amigos. Aun así, a él siempre le quedaba esa mirada rara cuando te veía: mezcla de que le dabas curiosidad y de que le irritaba que le dieras curiosidad.
Cuando notó cómo te tambaleabas un poco, frunció el ceño.
—¿Cuánto llevas tomando? —murmuró, acercándose sin hacer escándalo.
Tu sonrisa salió torcida, más dulce de lo usual. No respondiste con claridad. Y eso le bastó.
Katsuki soltó un chasquido de lengua, tomó tu abrigo y, sin pedir permiso, te sostuvo del brazo. No fuerte. No brusco. Solo lo suficiente para que no te cayeras en ese bar que te encantaba y que esa noche te tragaba más de lo normal.
La calle estaba fría, silenciosa, distinta a la calidez del interior. Él caminaba a tu lado con una mezcla de fastidio y preocupación que no sabía ocultar, aunque lo intentaba. No te llevó a tu departamento. Te conocía lo suficiente para saber que una caída, un tropiezo, una estupidez… podía joder la noche.
Te llevó al suyo. Un apartamento pobre, discreto, con paredes delgadas y olor a jabón barato, pero limpio. Casi demasiado limpio para alguien como él.
Cuando cruzaste la puerta, te quedaste mirando alrededor con los ojos entrecerrados, intentando descifrar el espacio.
—¿Es este… el ascensor? —preguntaste, sincera, confundida, con esa vulnerabilidad que solo aparece cuando el alcohol te roba la coraza.
Katsuki cerró la puerta con un suspiro resignado. Dejó tu abrigo en un perchero doblado por el tiempo y se acercó con esa forma suya de no querer tocarte demasiado, pero tampoco dejarte caer.
—No —dijo, con su voz grave, señalando el lugar con una paciencia que no le daba a nadie más—. Esta es mi habitación.
Tomó una cobija que tenía doblada sobre un sillón gastado y te la puso sobre los hombros. No con dramatismo. No con ternura excesiva. Solo con el tipo de cuidado que él nunca admitía en voz alta.