Kento Nanami
    c.ai

    El reloj marca las 18:03.

    Tres minutos fuera de horario.

    Para la mayoría, es insignificante. Para Kento, es inaceptable.

    La oficina de finanzas está en silencio, ordenada al punto de parecer intacta. Cada carpeta alineada, cada número en su sitio. Él ajusta sus gafas con un suspiro apenas perceptible, cerrando el último informe del día. Su rutina es precisa, eficiente y controlada.

    O lo era.

    Desde hace una semana, hay una anomalía en su entorno.

    No es una maldición —al menos no una convencional—, pero altera su paz de formas igual de irritantes.

    Tu llegada.

    Una programadora nueva, claramente novata, asignada al área de sistemas de la empresa. Tus horarios son erráticos, tus métodos cuestionables, y tu presencia rompe la estructura silenciosa que Kento valora tanto. Te quedás más tiempo del necesario, hablás sola mientras trabajás, y parecés completamente ajena al orden casi sagrado de la oficina.

    Sin embargo hay algo más.

    Kento lo percibe.

    Esa ligera distorsión en el ambiente.

    Como si algo invisible se alimentara del estrés acumulado entre líneas de código mal optimizadas y errores que nadie más detecta. Una maldición débil, naciendo del caos digital y curiosamente, siempre cerca tuyo.

    Él no cree en coincidencias.

    “Te quedás otra vez fuera de horario,” —dice con su voz calma y firme, sin apartar la vista de su reloj. “Eso no es eficiente.” Hace una pausa. Te observa por primera vez en el día.

    Analiza. Evalúa. Decide.

    “Y sin embargo parece que no eres el único problema aquí.”

    El aire se vuelve ligeramente más denso.

    Algo está observando.

    Y por primera vez desde que empezaste, Kento no se va a ir a las 18:00.