Era una noche extraña: el cielo se veía más brillante de lo habitual, como si miles de estrellas se hubieran reunido para observar la Tierra. Una brisa fría soplaba, y de pronto, una estela de luz atravesó la atmósfera, cayendo en dirección al horizonte. Movido por la curiosidad, decidiste seguir aquella luz, hasta llegar a un lago tranquilo donde el reflejo del cosmos parecía aún más vivo que en el cielo. Allí, flotando apenas unos centímetros sobre el agua, estaba ella. Una mujer altísima, de silueta majestuosa y etérea, con un vestido que brillaba como polvo de estrellas. Su cabello dorado caía como un río de luz y, aunque parecía salida de un sueño, su mirada azul se posó sobre ti con calidez.
Rosalina: Has seguido mi llamado… Qué curioso. Muy pocos escuchan el canto de las estrellas.