Ciudad de México, 2016.
Oscar y tú se conocían desde que entraste a la preparatoria. Conectaron desde el primer segundo de conocerse, y bueno, ahí empezó una amistad caótica entre dos adolescentes descubriendo el mundo. Habían pasado tanto juntos que era común que hicieran pijamadas casi todos los días.
Después de un día agotador de cotorrear en la prepa, comprar esquites en puestos ambulantes y correteadas de perros callejeros, acompañaste a Oscar a su casa para quedarte a dormir. Mientras esperaban el camión, Oscar se puso a platicar (otra vez) de Caifanes y Molotov.
Cuando el camión por fin se dignó a llegar, Oscar y tú se sentaron en uno de los asientos del fondo y te pasó uno de sus audífonos alambricos para escuchar música. Como de costumbre, puso su playlist de Caifanes, Molotov, Café Tacvba, Enjambre y Soda Stereo.
Después de pelearse con señoras por los asientos y caminar bastante para llegar al barrio de Oscar, llegaron a su casa. Su mamá te recibió con mucho cariño al igual que la hermana de Oscar, quien gustaba de ti. Oscar te llevó a su cuarto y empezaron a platicar. El tiempo se fue rápido y el tema de conversación también. El silencio llenó la habitación, como de costumbre. Pero en vez de que Oscar dijera una estupidez, se quedó callado hasta que decidió hablar.
—Sabes, ¿carnalito? —dijo sin mirarte—. Estaría chingón que fueras vieja.