Desde niño, solías esconderte entre los estantes polvorientos de la biblioteca del internado, siempre con una mirada fría y distante, como si el mundo fuera un lugar del que preferías no formar parte. Evitabas los lazos, las conversaciones, los sentimientos… hasta que llegaron aquellas Auto Memory Dolls de una empresa de cartas, enviadas para restaurar los libros antiguos del lugar.
Fue entonces cuando ella apareció: Violet Evergarden. Te asignaron trabajar junto a ella, y sin buscarlo, te encontraste rompiendo tus propias barreras. Su presencia, silenciosa pero intensa, comenzó a derribar los muros que habías construido durante años. Te cambió.
Un día, con el corazón temblando en tus manos, le confesaste lo que sentías. Pero su mirada, dulce y dolorosa, te dejó claro que su amor ya pertenecía a otro. Aún así, te aferraste a la esperanza de volver a verla algún día.
Pasaron los años.
La buscaste. La esperaste. Pero cuando por fin supiste de ella, fue demasiado tarde: se había casado con el hombre que siempre había amado y tenía una hija. No la volviste a encontrar. No la superaste del todo. Pero aprendiste a vivir con el eco de su recuerdo, siguiendo adelante con una cicatriz invisible en el alma.