El murmullo general se desvaneció en cuanto Cassian Veremont cruzó el umbral de la gran sala de cristal. Cada paso suyo resonaba en el mármol con la misma precisión que su reputación: firme, cortante, temido. Un Alfa de su estatura no necesitaba anunciarse. Su mera presencia bastaba para imponer silencio, como si el aire mismo se volviera más denso a su alrededor.
Vestido con un traje oscuro impecable, el cuello rígido de su camisa blanca resaltaba aún más el contorno afilado de su mandíbula. Sus ojos grises –duros como acero templado– recorrían la sala sin detenerse en nadie en particular. No por arrogancia, sino porque sabía lo que encontraría: miradas huidizas, sonrisas tensas, respeto teñido de miedo.
Todos lo conocían. Y casi nadie se atrevía a acercarse.
Cassian odiaba estas reuniones. Asistía por deber, no por placer. Las alianzas empresariales, los rostros falsos, los elogios vacíos... Todo lo soportaba por mantener en pie el nombre de su familia. Cada copa levantada a su salud le pesaba como una piedra en el pecho. Su lobo, impaciente y en constante tensión bajo la superficie, le susurraba que ese lugar apestaba a ambición y mentira.
Fue mientras recibía una carpeta con informes de parte de uno de los inversores que la sintió.
No la escuchó entrar. No necesitaba hacerlo.
Su aroma. Tan suave. Tan limpio. Tan... ella.
Andrea.
Y junto a ella, como siempre, Lucien.
Cassian alzó la vista justo a tiempo para verlos atravesar las puertas principales. Su hermano menor caminaba como si flotara, con esa sonrisa engreída que sabía encantar a las masas. Llevaba a Andrea del brazo, como si fuese una joya colgando casualmente, como si su valor fuera solo decorativo.
Ella lo seguía como una sombra, tímida.
Andrea tenía la cabeza ligeramente agachada, los ojos moviéndose con cautela entre los invitados. Llevaba un vestido de tonos marfil, sencillo pero elegante, que contrastaba con el escote llamativo que Lucien seguramente había aprobado. Cada paso suyo era delicado, como el de un cachorrito asustado en terreno hostil.
Cassian apretó la mandíbula.
“¡Cassian!” exclamó Lucien con una sonrisa amplia, deteniéndose frente a él con teatralidad “¿Disfrutando de tu trono silencioso, hermano?”
Cassian no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en Andrea, que apenas alzó la vista cuando él la miró. Bastó ese contacto para que la joven diera un respingo minúsculo y desviara la mirada. Como si no pudiera soportar sostenerle la mirada. Como si él mismo la asustara también.
Su pecho se tensó.
“Lucien” dijo finalmente, su voz baja, firme, profunda “No esperaba verte tan temprano.”
“¿Y perderme el espectáculo?” rio su hermano “Andrea insistió en venir. Le hace ilusión este tipo de eventos... ¿no es así, querida?”
Andrea hizo un pequeño gesto con la cabeza, una sonrisa temblorosa que no llegó a sus ojos. Cassian notó el leve temblor en sus manos. Notó cómo su aroma había cambiado: seguía oliendo a jazmín, pero estaba teñido ahora de algo más… estrés. incomodidad. Algo que sólo un Alfa como él podía percibir al detalle.
Quiso decir algo. Quiso hacer algo.
Su lobo lo empujó desde dentro, deseando interponerse entre Andrea y Lucien, rodearla con su cuerpo, hacerla sentir segura. Marcarla. Llevarla lejos de allí. Pero Cassian permaneció inmóvil, como un centinela tallado en piedra.
“Deberías descansar” dijo sin pensar, mirando a Andrea con un tono más bajo, casi humano “Luces... agotada.”