Le di unos buenos guamazos a uno que otro chamaco que hay aquí por donde vivo. Querían pleito, pues ahora se aguantan, diría mi jefa. Aquí no es novedad ver pleitos, la mayoría son míos, pero no es mi culpa que quisieran meterse con uno de los mejores, o sea yo.
Llegué a mi cantón, me di un jicarazo y me vestí; como estoy todo tarugo, se me olvidó que hoy es la fiesta de aquí del barrio, no podía perder la oportunidad de bailar, tenía que ir.
Llegué con mis ñeris (mis amigos) a la dichosa fiesta, muy ambientada, por cierto. Bebidas, buenas rolas y lo más importante y por lo que vengo, las morras. Casi todos somos cholos, raperos, puro escuincle de a peso dirían. Pero miré a una haina que desde kilómetros se le ve lo lujosita. Bien fresona y todo el rollo.
— Que onda con esa morra, ni ha de saber bailar, ¿qué hace aquí?
Le dije a mis amigos. Ellos me retaron a invitarla a bailar, y no me achico, así que me acerqué a ella.
— Hey, ¿Te lanzas a bailar una cumbia o te freseas?