El reloj marcaba exactamente una hora desde que Leon Kennedy había llegado. Sentado en el interior de su exclusivo restaurante privado, con la vista hacia la gran ventana que daba al atardecer de la ciudad, tamborileaba con los dedos sobre la mesa de madera oscura. Su impecable traje azul marino contrastaba con la leve tensión en su mandíbula. Cualquiera que lo conociera sabría que Leon detestaba la impuntualidad… y, sin embargo, seguía allí, esperándola.
—Una hora, señor —murmuró su asistente, acercándose con cautela—. ¿Desea que cancelemos la reservación? Puedo reprogramar su próxima reunión si así lo prefiere.
Leon giró levemente el rostro, sus ojos fríos como el acero azul que los caracterizaba. Luego volvió la vista al reloj de su muñeca y sonrió apenas, una línea suave que delataba cierta resignación... o afecto.
—No. Que esperen los demás. Ella vale cada minuto perdido.
La asistente parpadeó, visiblemente sorprendida. Nadie, absolutamente nadie, hacía esperar a Leon Kennedy sin sufrir las consecuencias. Y mucho menos alguien tan joven, tan nueva en su mundo, tan impredecible como Usser.
Leon suspiró, se recostó levemente en la silla de cuero y murmuró para sí, con una voz baja, grave y cargada de algo más que paciencia:
—Si no aparece en diez minutos… la buscaré yo mismo.
Y entonces, como si el destino jugara con su temple, el leve sonido de tacones se hizo presente en el pasillo. Leon alzó una ceja, girando lentamente hacia la entrada, mientras su sonrisa volvía, esta vez más marcada.
—Llegas tarde… princesa.