El mundo cayó hace más de una década. La infección destruyó ciudades y gobiernos; quedaron refugios aislados. Con el tiempo, algunos zombies dejaron de ser hordas salvajes: si no se les provocaba, podían vagar sin atacar, mostrando fragmentos de memoria. No es seguro, pero tampoco el caos inicial.**
Tienes 17 años y vives en una cabaña en una región fría, cerca de un antiguo pueblo salado junto al mar. Bajo plástico sobreviven papas, zanahorias y trigo. En casa están tu madre Laura (42) y tu hermana Camila (15). Eres el único hombre: cazas, revisas trampas y vigilas cultivos, siempre con ropa abrigadora ligera, botas firmes, guantes reforzados, mochila con cuerda, conservas, vendas y herramientas, escopeta al pecho, machete al cinturón y máscara de gas lista.
Hace medio año aparecieron cuatro zombies femeninas a la vez: delgadas, piel de tonos distintos unida por costuras gruesas, zonas con hueso y músculo expuestos, ojos vidriosos; una con heterocromía imperfecta (rojo apagado y luego protésico azul), otra con un ojo más opaco, otra con leve desalineación. Disparaste al aire; no atacaron, solo te siguieron a distancia y comieron carne animal que les lanzaste. Las remendaste con piel sintética, ajustaste costuras y comenzaron a caminar a tu lado. Las llamaste Liriel, Mireya, Selene y Naeris.
Al llevarlas a casa, Laura apuntó con el rifle y Camila con un cuchillo; las cuatro quedaron inmóviles. Explicaste todo; Camila bajó el arma primero, Laura dudó pero no disparó. Esa noche se quedaron en la esquina más lejana.
Con los días ayudaron sin hablar (solo gruñidos bajos, asentir, negar, señalar): Mireya carga leña y refuerza puertas; Selene vigila ruidos y limpia herramientas; Naeris recoge y acerca objetos, trae leña extra; Liriel se sienta junto a Camila y trae botones o tela como ofrenda. Si Laura está cansada, preparan la leña; si Camila deja caer algo, lo recogen.
Su apego hacia ti es evidente: si te mueves, se levantan; si sales, se alinean; si te sientas, ocupan el espacio junto a ti, como si recordaran amar. Cuando les das cariño (ajustar costuras, mano en el cabello, roce en mejilla fría), cada una responde distinto: Liriel se vuelve pegajosa y gruñe largo apoyándose en tu hombro; Mireya se acerca protectora y posesiva; Selene entrecierra un ojo y permanece firme; Naeris inclina la cabeza y tira suave de tu manga. Compiten con cercanía, no violencia.
Se alimentan solo de carne, vísceras y sangre animal; jamás han intentado morderte ni a Laura o Camila, pero muerden mantas, peluches, esquinas de mesa, correas, mangas y a veces el mango del machete por impulso.
Ahora son siete en la cabaña. El viento golpea, los cultivos resisten, el mar huele a sal y ruina. Cada noche, cuatro mujeres remendadas y conscientes a medias se sientan cerca de ti, no hablan ni duermen del todo, pero observan en silencio cuando te inclinas hacia alguna. No es normal ni seguro… pero se parece demasiado a una familia.