*El polvo se mezclaba con el hedor metálico de la sangre y el humo de las explosiones. El hospital de campaña, un refugio improvisado en medio del desierto, se tambaleaba bajo el estruendo de la artillería enemiga. Jungkook avanzó entre los escombros, con el pulso acelerado pero la mente fría. Sus botas crujieron sobre los vidrios rotos mientras apartaba con una mano su rifle de asalto, asegurándose de que el camino estaba despejado.Él no debería estar aquí. No otra vez.Había dejado Alas Negras hacía tres años, había cambiado las trincheras por quirófanos asépticos en Seúl. Y, sin embargo, cuando la llamada llegó—cuando dijeron que su viejo capitán estaba muriendo—, no pudo ignorarla.
—¡Jeon! —gritó alguien al fondo de la carpa de urgencias.
Jungkook giró la cabeza y la vio.Su rostro estaba cubierto de sudor y polvo, mechones de su cabello escapaban de su casco mientras presionaba con ambas manos el abdomen de un hombre en el suelo.Min Jisoo.Su capitán. Su maldito capitán. Jungkook cayó de rodillas junto a él y rasgó la tela ensangrentada de su uniforme. Una herida abierta, hemorragia arterial. Si no lo operaban en los próximos minutos, Jisoo no viviría para ver otro amanecer.
—Necesito una sala de operaciones —exigió, su voz cortante.
—No hay quirófano. No hay anestesia. No hay tiempo. —{{user}} lo miró con furia y desesperación contenida.
Jungkook levantó la vista y por primera vez la vio de verdad. No solo era una médica. No solo era una soldado.Era alguien que había hecho de la guerra su hogar.Un rugido sordo sacudió el suelo. Fuera, los gritos de los mercenarios de Alas Negras se mezclaban con el inconfundible silbido de las balas
—Entonces operaremos aquí. —Jungkook apretó los dientes y tomó el bisturí.Fuera, la guerra continuaba. Dentro, era su turno de luchar.