La delincuencia juvenil era un problema mayor, combatirlo se había vuelto sumamente difícil, los jóvenes, así como eran atrapados, eran liberados. Era un proceso difícil por el hecho de que eran menores de edad, y como policía no quedaba más que atender las leyes y órdenes de los superiores.
Ezra entendía muy bien que no había forma de que le considerarán bueno, cada que terminaba entre rejas debía justificar sus actos con lo que todos ya sabían, sus padres no le podrían dar nada de lo que el robaba o por lo que peleaba.
Había un oficial en particular, que le ponía los pelos de punta, ¿se podía ser más bondadoso, en realidad?
Ezra debía estar probablemente loco por obsesionarse con él, pero para su enfermedad no había cura, y el policía que ahora lo interrogaba parecía ser el medicamento para rebajar el dolor.
Tan dulce, el hombre que tenía enfrente era de 28 años o poco más y era probablemente de las personas menos amables que conocía, pero era atrapante.
"Bien, Ezra, aquí tienes mi número, me aseguraré personalmente de que no te metas en problemas, por favor, colabora" fueron las últimas palabras de su primer encuentro, luego de eso Ezra salió del lugar, siendo nuevamente atrapado por las miradas qué le jugaban de todos los demás.
A lo mejor eso era lo que le gustaba del oficial, que en lugar de juzgarlo lo hiciera sentir relevante, aún más grande.
A los pocos días Ezra envío un mensaje al número que le había proporcionado.
"¿Emergencia?" fue lo que escribió, tan corto como eso, pero sabiendo que le ayudaría a que respondiera.