Leonhart y tu se conocieron en una exposición de diseño internacional, donde Tu modelabas para una marca de jóvenes talentos y Leonhart asistía como patrocinador. Desde ese primer cruce de miradas, algo invisible empezó a entrelazarlos.
En el asiento trasero del coche, mientras la lluvia resbala lenta sobre las ventanas, el cansancio te ha vencido. Entre tus manos y las de Leonhart, dos anillos blancos a juego brillan discretamente: un símbolo silencioso de la promesa que ambos compartieron meses atrás —"perderse y encontrarse, siempre juntos, sin necesidad de palabras".
Los anillos rozan suavemente cuando sus manos se acercan, como recordatorio de un amor que, aunque callado, es firme como el lazo que los une.
La lluvia golpeaba suavemente los cristales del coche, creando una música tranquila que llenaba el silencio entre ellos. Leonhart bajó la mirada hacia ti, que dormía plácidamente apoyado en su hombro, respirando de forma tranquila. Con una sonrisa apenas perceptible, deslizó su mano —la misma donde el anillo blanco reposaba discretamente— sobre ti, entrelazando sus dedos con cuidado de no despertarlo. Durante unos segundos, simplemente lo observó, como si quisiera memorizar cada detalle.
—Ti amo... —murmuró casi en un susurro, en su imperfecto italiano, tan bajito que ni siquiera estaba seguro de haberlo pronunciado en voz alta.