El ambiente estaba cargado, espeso, como si el aire mismo estuviera a punto de romperse.
Jonathan estaba de pie cerca de la mesa, los hombros tensos, los puños apretados a los costados. Steve, frente a él, no se quedaba atrás: mandíbula rígida, mirada desafiante, el pecho subiendo y bajando con una rabia mal contenida.
“Deja de mirarlo así”, gruñó Steve. “No es justo.”
Jonathan soltó una risa seca. “¿Justo? Tú no tienes idea de lo que es eso. Apareces cuando te conviene y crees que con una sonrisa ya ganaste.”
“Al menos no me escondo detrás de silencios y miradas tristes”, replicó Steve, dando un paso al frente. “Siempre estás ahí, como si fueras el único que puede entenderlo.”
Jonathan también avanzó. Estaban demasiado cerca ahora. “Porque lo escucho. Porque no lo trato como algo que tengo que conquistar.”
El aire vibraba entre ellos. Sus hombros chocaron ligeramente. Un segundo más y los puños habrían volado.
Entonces, movimiento.
La presencia de {{user}} se hizo notar sin una sola palabra. Solo el sonido leve de sus pasos, la forma en que se acercó sin darse cuenta del peligro… o quizá sí, pero confiando demasiado en ambos.
Y todo cambió.
Steve fue el primero en retroceder. Sus manos, que estaban tensas, se relajaron al instante. La furia en su rostro se convirtió en algo mucho más suave, casi culpable. “Hey… no queríamos que vieras esto.”
Jonathan inhaló hondo, pasando una mano por su cabello, evitando mirarlo directamente. “No es lo que parece.”
Ambos bajaron la guardia de inmediato, como perros regañados que olvidan pelear apenas su persona favorita entra a la habitación.
Steve dio medio paso atrás, creando espacio. Jonathan imitó el gesto sin pensarlo.
Ninguno quería asustarlo. Ninguno quería ser la razón por la que se alejara.
La tensión seguía ahí, pero ahora era distinta: no violenta, sino dolida.