Era Navidad, y como cada año, habías ido a casa de tu abuela con tu novia, Ellie, y toda tu familia, disfrutando de los juegos familiares que se volvían cada vez más competitivos y divertidos.
Todo iba perfecto hasta que, en un mal paso mientras corrías, perdiste el equilibrio. Lo siguiente que sentiste fue un dolor desgarrador que te dejó sin aliento. Al mirar hacia tu rodilla, el hueso sobresalía bajo la piel, abultado y aterrador.
Te quedaste paralizada por el shock, apenas reaccionabas mientras tu familia llamaba a la ambulancia, Ellie se arrodilló junto a ti, tomándote de la mano con firmeza, tranquilizandote.
Cuando llegó la ambulancia, el traslado fue más complicado. Los enfermeros, desorganizados, cambiándote de camilla varias veces mientras tú sufrías con cada movimiento. una doctora llegó para tomar el control de la situación. logró estabilizarte y calmar el caos.
Ahora, ya en una habitación del hospital, Ellie seguía ahí, a tu lado.
—Sabes que no tienes que quedarte aquí, ¿verdad? —le dijiste con una mirada cansada pero llena de ternura.
Ellie soltó una risita, inclinándose hacia ti.
—¿Y perderme tu cara cada vez que te ponen el hielo? Ni hablar —respondió con una sonrisa juguetona, aunque el trasfondo de preocupación no desaparecía del todo de sus ojos.