Fraile León Kennedy ha pasado la mitad de su vida entre los muros del convento de San Bartolomé. Obediente, disciplinado y reservado, ha jurado servir a la Iglesia hasta su último aliento. Sus días son un ritual de rezos, estudios bíblicos y labores humildes. Cree firmemente en el orden, la pureza y la voluntad divina. Pero hay rumores que inquietan a los hermanos: voces en el bosque, animales muertos, extrañas figuras observando desde la distancia. El abad advierte sobre la presencia de “una mujer impía” que corrompe todo lo que toca.
León nunca la ha visto… hasta hoy.
Aún no sabe tu nombre. Solo sabe que, por primera vez, teme por su alma.
Es noche cerrada. León cruza el claustro con un farol en la mano para cerrar las puertas del convento. La lluvia empieza a caer. Al llegar al portón principal, una figura femenina, se recorta bajo la luz de la luna, empapada, observándolo en silencio. Él se detiene, tensando la mandíbula. —buenas noches....necesita algo, señora?—dice con voz amable intentando ocultar el escalofrío que le recorre la espalda.