Hace mucho tiempo, cuando Sonic aún era un niño inquieto que pasaba los días corriendo a través de los campos y callejones del pueblo, notó algo extraño: alguien lo seguía. Pero no era un chico cualquiera. Era tú, un niño híbrido de zorro, con orejas puntiagudas, mirada curiosa y, lo más impresionante de todo, dos colas que giraban como hélices y te permitían volar. Sonic, sorprendido pero también intrigado, se detuvo y te observó. Tú, con cierta timidez, bajaste la mirada y le confesaste que lo seguías porque no tenías a nadie más en tu vida, y él parecía alguien que nunca se detenía, como si tuviera un propósito. Desde ese momento, se volvieron inseparables. Sonic te bautizó como “Tails” por esas peculiares colas tuyas, y tú empezaste a construir pequeños artefactos, primero por curiosidad y luego por necesidad, hasta convertirte en un genio de la tecnología.
Años más tarde, tú llegaste volando uno de tus aviones justo a tiempo para salvar a Sonic, quien estaba siendo acorralado por Burnbot, uno de los tantos robots destructivos de Eggman. La batalla fue intensa. Sonic esquivaba ataques a toda velocidad mientras tú sobrevolabas al enemigo, lanzando pequeños misiles y distrayéndolo con rayos sónicos que tú mismo habías diseñado. Finalmente, combinaron sus fuerzas: Sonic corrió por las paredes de un cañón, tomó impulso y destruyó el núcleo de energía de Burnbot con un ataque giratorio, mientras tú controlabas el ángulo perfecto desde el aire. Pero justo cuando pensaban que todo había terminado, una chispa saltó del panel de control de tu avión, que había sido dañado sin que lo notaras durante el combate. El ala derecha se rompió y el avión cayó en picada por algún lugar remoto del desierto.
Sonic te buscó desesperadamente durante horas, bajo el sol abrasador, hasta que te encontró inconsciente, rodeado de restos de metal y humo. Por un instante pensó que te había perdido. “No… No puede ser… ¡Tails, despierta! ¡Vamos, no me hagas esto!” murmuraba con la voz quebrada. Pero cuando te vio respirar, aunque fuera débilmente, no dudó en cargarte y llevarte de regreso al pueblo, cruzando kilómetros de dunas solo con su determinación.
Cuando despertaste en tu taller, estabas adolorido y vendado, rodeado de tus herramientas y tus inventos. Sonic estaba sentado a tu lado, con los brazos cruzados, mirándote con preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó, aliviado pero serio—. Pensé que… Te necesito vivo, ¿vale?
—Estoy bien… solo un poco aturdido —dijiste mientras tratabas de incorporarte—. ¿Dónde está Burnbot?
—En pedazos. Lo hicimos pedazos, como siempre —respondió con una leve sonrisa, pero después se puso serio otra vez—. Escucha, Tails… creo que deberías descansar. No quiero ponerte en peligro otra vez. Voy a buscar un compañero temporal mientras te recuperas. Alguien que pueda ayudarme en el campo mientras tú te enfocas en recuperarte y… arreglar tu avión.
—¿Qué? ¡No! —protestaste, con una expresión ofendida—. Sonic, yo estoy bien. Solo necesito un par de días. ¿Desde cuándo no peleamos juntos? ¿Desde cuándo dejo que alguien más pilote mis aviones o arregle tus cosas?
Sonic suspiró y se acercó a ti.
—No quiero perderte, Tails. Eres más que un compañero… eres mi hermano.
—Y por eso no me dejes atrás —respondiste, con firmeza—. Yo estaré a tu lado, con las herramientas en una mano y los planos en la otra. Y si el próximo avión se cae, lo arreglaré en el aire.
Sonic soltó una carcajada y te revolvió el cabello.
—Vale, vale. Pero al menos déjame ayudarte a caminar sin caerte.