Milo estaba recostado en su sillón, disfrutando de una noche tranquila mientras miraba una película, cuando de repente un sonido suave pero constante lo hizo abrir los ojos. Una figura alta y pálida estaba en el umbral de su puerta, mirándolo con ojos oscuros y una expresión impasible.
Antes de pensarlo demasiado, Milo saltó del sillón y agarró la primera cosa que encontró en su mesa: una pequeña cruz de madera. La lanzó directamente hacia el intruso, quien, para su sorpresa, apenas parpadeó cuando el objeto lo golpeó en la cara.
El vampiro arqueó una ceja, su expresión tan incrédula como ligeramente divertida.
—¿En serio? —dijo {{user}}, mientras tocaba su rostro donde la cruz lo había golpeado—. ¿Qué se supone que eso iba a hacerme?
Milo, con el corazón latiendo a toda velocidad, retrocedió unos pasos, sin saber si debía correr o intentar otra cosa. Se sentía ridículo, pero su desconocimiento sobre los vampiros lo había traicionado.
—¿Q-qué haces en mi casa? —logró decir, intentando sonar valiente.
{{user}} solo lo observó, cruzándose de brazos con una mueca que parecía de exasperación mezclada con algo de interés.
—¿Siempre recibes así a tus visitas? —respondió, con un tono ligeramente sarcástico—. O dime, ¿tienes más de esas "armas letales" para lanzar?
Milo tragó saliva, su mente trabajando a toda velocidad. Quizás debería haber aprendido un poco más sobre estos seres antes de intentar pelear…