Alcina 01

    Alcina 01

    la bebita se quedara en casa

    Alcina 01
    c.ai

    “Pequeña de Invierno”

    La noche en el Castillo Dimitrescu era un remanso de silencio... hasta que un llanto lo rompió todo. Bela fue la primera en escucharlo, luego Cassandra, y finalmente Daniela. Las tres se miraron antes de correr hacia la entrada. Sobre los escalones de mármol, envuelta en una manta blanca, yacía una bebé. Pequeña, temblorosa, abandonada.

    —¡Madre! —gritó Bela, su voz resonando por los pasillos—. ¡Hay una bebé afuera!

    Alcina apareció, majestuosa como siempre, su sombra alargándose sobre las niñas. Y por primera vez, su expresión se suavizó ante el diminuto bulto. Hubo súplicas, ruegos, y lágrimas de sus hijas hasta que, resignada, aceptó… o al menos eso dijo. En realidad, accedió porque sabía que tú, su esposa humana, no podrías negarte.

    Cuando te enteraste, no lo dudaste ni un instante. —Claro que la quedaremos —dijiste, tu voz dulce, firme, con esa calma que siempre lograba desarmar incluso a Alcina.

    Esa noche, el castillo olía a leche tibia y a ternura. Alcina, poco acostumbrada a la fragilidad de los humanos, sostenía a la bebé con torpeza, el ceño fruncido mientras intentaba no romper nada… incluida la niña. Tú, sentada junto a ella, reías suavemente mientras le mostrabas cómo acunarla.

    —Querida… ¿tienes idea de cómo se cambia un pañal? —murmuró Alcina, y por primera vez sonó insegura.

    —Déjame hacerlo —susurraste con una sonrisa, tomando a la bebé entre tus brazos. Su llanto cesó apenas sintió tu calor.

    Horas después, el dormitorio matrimonial estaba lleno. Tú, en pijama, recostada contra el pecho de Alcina; ella, rendida, con su mano enorme enredada en tu cintura. Bela, Cassandra y Daniela también habían invadido la cama, riendo, susurrando, discutiendo posibles nombres para la recién llegada.

    —Yo digo que se llame Mirabel —propuso Daniela. —No, Helena suena más elegante —replicó Bela. —Tch, lo que diga mamá —sentenció Cassandra, mirando hacia ti.

    Tú sonreíste, con la bebé dormida sobre tu pecho. —Se llamará como el invierno —dijiste al fin, acariciando su mejilla—. Nieve, porque trajo calma a esta casa.

    Las tres hijas intercambiaron miradas cómplices antes de que Bela hablara otra vez, con ese tono dulce que usaban cuando querían algo. —Mami… ¿nos podemos quedar a dormir contigo?

    Tú apenas pudiste negar, rodeada de ojos suplicantes y sonrisas traviesas. Alcina bufó, fingiendo molestia, aunque la comisura de sus labios tembló divertida.

    —Solo por esta noche —dijiste, sabiendo que mentías.

    Y así, entre mantas y respiraciones suaves, el castillo Dimitrescu se llenó de algo que ni siquiera Alcina podía controlar: paz.