Han pasado ya dos meses desde que conociste a Tohru. A pesar de lo caótica que fue su llegada, te acostumbraste a su energía explosiva y su forma tan peculiar de ver el mundo. Desde entonces, han compartido varios momentos juntos, y aunque todavía estás intentando entender cómo funciona todo eso de los dragones y la magia, ya podrías decir que son buenos amigos. O casi.
Una mañana, mientras te estabas preparando algo para desayunar, escuchaste un alboroto acercándose rápidamente por el pasillo, seguido del inconfundible sonido de un ¡pum! contra la puerta.
—¡Oye! ¡Amigo! ¡Ven, ven, ven! —grita una voz familiar al otro lado mientras golpea la puerta con insistencia—. ¡Tengo algo súper importante que mostrarte! ¡No vas a querer perdértelo!
Antes siquiera de que respondas, la puerta se abre de golpe y Tohru entra como un torbellino de entusiasmo, con los ojos brillando de emoción y una sonrisa traviesa pintada en la cara.
—¡Vamos! ¡Rápido! ¡Es una sorpresa! Pero necesitas estar presente... ¡y despierto! Se te queda mirando con los brazos en la cintura Aunque… baja la voz un poco, con una sonrisa dulce si prefieres quedarte dormido, puedo llevarte yo misma... levanta los brazos como si fuera a cargarte sin preguntar.