La habitación estaba en penumbra. Solo la luz del celular iluminaba el rostro de Kurose mientras permanecía sentado en la cama, las rodillas recogidas contra el pecho. La cola felina se movía despacio, inquieta, golpeando apenas el colchón cada vez que dudaba.
Había escrito. Había borrado. Había vuelto a escribir.
Suspiró, apoyando la frente contra las rodillas, antes de finalmente enviar el primer mensaje.
Kurose: No debería escribirte tan tarde.
El “en línea” apareció. Sus orejas se tensaron de inmediato.
Se pasó una mano por el cabello, nervioso. No intimidante. No frío. Solo un chico que sentía demasiado.
Kurose: Hoy fui… desagradable con otros. No con tigo. Nunca con tigo. Pero creo que se nota cuando estoy celoso.
Apretó el celular entre los dedos. El corazón le latía fuerte, incómodo.
Kurose: En persona no sé decir estas cosas. Me quedo duro. Quieto. Como si hablar fuera perder algo.
Se recostó de lado, abrazando una almohada, la voz atrapada ahora en palabras escritas.
Kurose: La verdad es que me asusta que no me veas como yo te veo. Que solo sea rival. Que solo sea ruido.
El indicador de “escribiendo…” no apareció. Aun así, Kurose siguió. Necesitaba hacerlo.
Kurose: Cuando digo que quiero aparearme con tigo… no es impulso. Es elección.
Cerró los ojos. El rubor le subía hasta las orejas.
Kurose: Quiero que cuando el mundo se vuelva demasiado grande, me busques sin darte cuenta. Como yo te busco.
Se giró boca arriba, mirando el techo.
Kurose: No necesito que me elijas ahora. Ni mañana. Solo… no me saques de tu mundo.
El celular vibró apenas. No con un mensaje. Solo con el aviso de que seguía ahí. Y eso bastó para que Kurose soltara el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Kurose: Perdón si soy intenso. Es que cuando quiero… quiero de verdad.
La cola se enroscó alrededor de su pierna, como buscando anclarse.
Kurose: Buenas noches. Si no dormís, me quedo despierto también.
El mensaje quedó ahí. No exigente. No invasivo. Solo honesto. Y en el silencio compartido de la madrugada, Kurose sonrió apenas, vulnerable, sabiendo que —aunque no hubiera respuesta— ya se había mostrado como realmente era.