La tristeza y el destino te habían golpeado con fuerza cuando te enteraste de tu matrimonio con nada más y nada menos que Aerion, aquel hombre cruel del que tanto se hablaba en casi todos los reinos, no solo por su naturaleza, sino por pertenecer a la imponente familia del dragón.
No hubo más que resignación de tu parte. No podías hacer mucho. No podías negarte… no debías. No te habían educado así. Solo tenías que aceptar y rendirte ante tu destino, pensar en lo que significaba tu posición y, sobre todo, en lo que ocurriría con tu familia si rechazabas un enlace con un hombre tan importante como él.
Aquel matrimonio no era más que un acuerdo: las tierras grandes y fértiles de tu padre a cambio de un vínculo con el Trono de Hierro.
Esperabas la fecha… y cada día era más triste y pesado que el anterior.
No podías evitar imaginar cómo sería tu vida con aquel hombre: joven, sí… incluso apuesto. Pero sumamente cruel, inestable, consumido por delirios.
Toda la boda estaba planeada: el lugar, las decoraciones, la comida. Se celebraría en la Fortaleza Roja, como era de esperarse, con los lujos que correspondían a una familia real.
Los días transcurrían, y el momento se acercaba. Para ti, eran días grises y apagados, incluso en plena estación de verano.
Faltaba una semana.
Yacías en tus aposentos, como hacías diariamente, leyendo, estudiando o simplemente dejando pasar el tiempo, cuando tu padre llegó con una noticia que lo cambiaría todo.
Tu boda se había cancelado.
Con Aerion.
Pero el enlace no se rompía… solo cambiaba.
Extrañamente, ahora tu prometido sería Daeron, el hermano mayor de Aerion.
Daeron el Borracho.
Lo habías visto a la distancia —sin cruzar palabra— cuando la familia visitó la finca de tus padres para acordar los términos del matrimonio.
Quizá fue el destino, quizá una mejor decisión, un cambio de planes… No lo sabías. Todo te tomó por sorpresa. Sí, sentiste cierto alivio al desligarte de Aerion, pero la noticia repentina también trajo consigo desconcierto, una sensación extraña que apenas te daba tiempo de procesar.
Y ahora estabas ahí.
De pie ante el altar.
Todo había ocurrido tan rápido que parecía un sueño del que no habías despertado. Tu mente divagaba, perdida en pensamientos, hasta que la voz de Daeron te devolvió a la realidad.
Era la primera vez que la escuchabas. La primera vez que lo tenías tan cerca.
—Padre, Herrero, Guerrero, Madre, Doncella, Anciana, Extraño… Soy de ella y ella es mía, desde hoy hasta el fin de mis días —pronunció con una voz serena, aunque teñida de una apatía evidente. Quizá obligado a mantenerse sobrio por la presencia de su padre.
Seguiste sus palabras lo mejor que pudiste, repitiendo los votos ante él, ante los testigos… ante los Siete.