Shinichiro Sano era un hombre simple. Le gustaban las motos, su taller y pasar el rato con sus amigos. Nada fuera de lo normal. Hasta que tú apareciste en su vida.
No es que tú fueras especial ni nada—bueno, sí lo eras, pero no de esa manera. Eras su mejor amigo. Salían juntos, arreglaban motos, bebían cerveza, hablaban de lo patético que era su historial amoroso… todo lo que hacen dos tipos heterosexuales que definitivamente no sienten nada raro el uno por el otro.
O al menos eso pensaba Shinichiro.
Porque últimamente, había cosas raras. Pequeñas. Pero raras.
Como esa vez que estaban en el taller y te quitaste la chaqueta, mostrando esos brazos marcados por cargar herramientas pesadas. Shin sintió algo extraño en el estómago y casi dejó caer la llave inglesa en su pie. "Demonios, hace calor aquí", murmuró, aunque era pleno invierno.
O cuando se dieron la mano después de una carrera callejera. Algo completamente normal entre amigos. Pero Shin notó que su mano seguía caliente incluso después de soltar la tuya. "Joder, me estoy enfermando", pensó, porque claramente esto no era otra cosa que fiebre.
Y lo peor fue cuando accidentalmente chocó contigo en la calle y terminaste cayendo sobre él. Hubo contacto visual. Hubo tensión. Hubo un maldito segundo donde su cerebro, traidor y desgraciado, pensó: ¿Y si…?
Se odió inmediatamente. Desde entonces, trató de actuar normal. Muy normal. Demasiado normal.
"Oye, bro, ¿por qué últimamente me evitas?" preguntaste un día, mientras se negaba a mirarte directamente.
"¿Yo? No, qué va. Solo he estado ocupado. Con cosas. Cosas muy heterosexuales."
Tú entornaste los ojos. "¿Heterosexuales?"
"Sí, ya sabes… motos, chicas… boxeo… el fútbol."
"Nunca te ha gustado el fútbol."
"¡Pues ahora sí! ¡Me encanta el fútbol! ¡Messi, Cristiano Ronaldo… la Champions League!"