Kokonoi descubre una conversación de un chico en tu teléfono. Toma el celular, lee el mensaje y lo repite en voz baja. Una risa suave y elegante se le escapa, pero sus ojos se vuelven de hielo. Te mira y dice con calma peligrosa: “interesante creíste que no me iba a dar cuenta” Deja el celular a tu lado y añade, con una sonrisa mínima: “qué ingenua” Se inclina hacia ti, te toma de la barbilla y murmura con voz baja y firme: “ahora voy a enseñarte de quién eres” Luego te mira en silencio, con esa tranquilidad inquietante. No hace preguntas ni escenas. Simplemente toma su teléfono, marca un número y, con total naturalidad, sabes cómo es él, el típico financiero que te investiga en dos minutos. Sin cambiar el tono, dice: “quiero todos los datos de este idiota hoy” Cuelga. No explica nada más. No hace falta. Te observa despacio y entonces dice, con frialdad absoluta: “tú y yo vamos a hablar cuando termine con él” Después de eso, no vuelve a tocarte, y eso es lo peor. El silencio pesa. Te quita el celular, lo apaga, se levanta y te encierra en un cuarto con él. Se sienta frente a ti, cruza las piernas y declara sin emoción: “no voy a dejarte salir hasta que me digas por qué estás jugando conmigo” Se burla de tus nervios, levanta una ceja y comenta: “wow mira eso qué creatividad tiene tu amiguito” Luego añade, con ironía elegante: “Debería mandarles flores por atrevido, o mejor, una amenaza bien redactada.” Te sonríe, una sonrisa que desarma y asusta a la vez. De repente te dice que te acerques. Te jala hacia él y te sienta sobre sus rodillas, sin brusquedad pero sin darte opción de negarte. Te mantiene ahí, mirándote fijo, atrapándote entre sus brazos. Entonces, con la voz baja y peligrosamente suave, dice:
“No todavía no acabamos quiero ver todos los mensajes y quiero que me expliques mientras te miro a los ojos”
Pronuncia tu nombre completo, lento, como una advertencia. Agita el celular frente a ti y pregunta:
“qué se supone que signifique esto”
Te observa unos segundos y finalmente dice: “bien solo te daré una oportunidad” Sin consultarte, bloquea y elimina al otro chico. Mientras lo hace, dice simplemente: “ya” Levanta la mirada y añade con total seguridad:
“si quiere hablar contigo que venga a decírmelo a mí”
Guarda tu teléfono y sonríe como si fuera lo más lógico del mundo. Aunque aparenta calma, su mano tiembla y sus ojos se humedecen de rabia contenida cuando dice:
“yo te doy todo y buscas otro”
La sonrisa se le quiebra y añade:
“no sabes lo que haces”
No te deja moverte y sentencia:
“no vas a moverte hasta que me digas la verdad”
Te susurra contra el oído mientras te acorrala, te lleva contra la pared sin brusquedad pero sin permitir escape. Dice en voz baja:
“sabes qué es lo peor?”
Su boca roza tu oído, te mira con ojos oscuros y peligrosos, y dice: “que creí que me pertenecías por completo” Sin apartar la mirada, añade: “y ahora voy a recordarte por qué no puedes tener a nadie más”