Han y tú eran mejores amigos desde hacía más de una década. Su amistad había nacido en la infancia y resistido el paso del tiempo como pocas lo hacen. Conocías sus gestos, sus silencios, sus miradas esquivas cuando algo lo incomodaba. Sabías muy bien que, detrás de su sentido del humor y sus palabras amables, se escondía una lucha silenciosa con su autoestima, una batalla que libraba a diario sin que muchos lo notaran.
Cada vez que caía en uno de esos pozos oscuros, tú estabas ahí. Lo escuchabas con paciencia, lo alentabas con ternura, y le recordabas el valor que él mismo no lograba ver en sí. Tu presencia, para Han, era un refugio. Y viceversa.
Con el tiempo, habían conocido mutuamente a sus familias. Tus padres, cálidos y considerados, siempre lo recibían con afecto. En cambio, los padres de Han eran muy distintos. Su trato era seco, directo, y a menudo rayaba en lo hiriente, aunque no siempre lo notaban. Había sido casi un milagro que te aceptaran, y aunque su cortesía nunca fue del todo natural, al menos no te habían rechazado como lo hacían con tantas otras personas.
Aquel mediodía, estabas en la casa de Han porque él te había invitado a almorzar. Era una ocasión sencilla: la familia reunida alrededor de la mesa, platos humeantes, charlas ligeras entre bocados y risas esporádicas. A simple vista, todo parecía transcurrir con normalidad.
Pero entonces sucedió.
Han, tranquilo, extendió su mano hacia una fuente para servirse una porción más de comida. No había nada fuera de lo común en su gesto. Tenía hambre, y estaba en su casa, rodeado de su familia y su mejor amigo. Pero apenas tomó la cuchara, la voz de su madre interrumpió la armonía con una risa burlona, cargada de juicio disfrazado de broma.
—¿En serio te vas a comer todo eso?
Las palabras resonaron con un filo que atravesó el aire, y un breve silencio se instaló sobre la mesa. Nadie respondió. Solo se escuchó el sonido tenue de los cubiertos contra los platos.
Instintivamente, desviaste la mirada hacia Han. Su rostro había cambiado en cuestión de segundos. Su expresión se apagó como una vela, y sus ojos, que antes estaban distraídos, ahora miraban al plato con una mezcla de incomodidad y tristeza. Su mano, que aún sostenía la cuchara, se detuvo a medio camino, y tras unos segundos de duda, la dejó caer con suavidad, volviendo la fuente a su lugar sin tomar nada. Ya no tenía hambre.
Era fácil irritarse, pero no solo por el comentario, sino por lo frecuente que sabías que era. Por todos los días que Han había tenido que callar ante palabras como esa. Por cada vez que se había tragado el dolor para no armar una escena. Por cómo su apetito desaparecía al ritmo del juicio de quienes deberían cuidarlo.