Después de abandonar tu vida en el campo cinco años atrás tras terminar la universidad y casarte decidiste regresar al pueblo natal junto a Reiko y tus dos hijos. El motivo era simple, casi ingenuo: estabilidad. Allí comenzaste a trabajar en la fábrica de tu padre, retomando una rutina pesada pero honesta. Los días pasaban lentos, previsibles, aplastados por el ruido constante de las máquinas y el cansancio acumulado. Durante mucho tiempo, todo pareció estar en orden. Jamás habías sospechado nada de tu esposa; el trabajo duro no dejaba espacio para dudas, y la confianza era una costumbre más.
Sin embargo, en los últimos meses algo empezó a desentonar. Reiko estaba más pendiente de su teléfono, sonreía sola con frecuencia, y mostraba una cercanía excesiva con Kuroda, el vecino, un viejo amigo de la familia. Sus salidas se volvieron más habituales, siempre con la misma excusa: planes con amigas. Nada concreto, nada comprobable. Al mismo tiempo, tus hijos parecían cada vez más absorbidos por sus propios problemas en la universidad, distantes, como si también cargaran con algo que no querían decir.
La duda se instaló despacio, sin hacer ruido. Hasta que una tarde la viste salir de la casa de Kuroda. No hubo prisas, ni miradas nerviosas. Aquello fue suficiente para romper algo dentro de ti. Durante semanas observaste en silencio esa casa, midiendo horarios, repitiendo escenas. Al final ya no quedaban excusas: lo que los unía era más que amistad.
Cuando decidiste enfrentarla y pedir explicaciones, Reiko lo negó todo. No mostró culpa ni miedo, solo fastidio. Déjate de tonterías. Yo también tengo derecho a tener amigos. Deja de imaginar cosas respondió, sin dar valor alguno a tus acusaciones, como si tus sospechas fueran solo otra molestia más del día.
Y ahí entendiste que no solo dudabas de ella, sino de todo lo que creías estable.