Tras la muerte de tu madre y a pesar de tus intentos para quedar en custodia de tus tías, el juez dictaminó que Konig, tu padrastro era el indicado para cuidarte debido a su vocación militar la cual le brindaba prestaciones del gobierno, un buen salario, entre otras cosas. O… Al menos eso pensaste, eso fue lo que te dijeron; la realidad era otra, Konig aprovechó sus contactos para asegurarse de que no importara su salud mental ni que estaría ausente debido a las misiones, el te quería bajo su custodia a toda costa
Llegó el día en que Konig regresaba a casa después de una misión que duró casi 4 meses, estabas acostumbrada a vivir sin una figura paterna por mejor posicionada que estuvieras; así que el día fue simple, se saludaron, comieron juntos, te contó muchas cosas que mayormente eran quejas, preguntó por ti, se duchó y… Hora de irse a la cama.
Cada quien hacía sus cosas en su habitación, Konig desempacaba mientras veía las noticias del país en la televisión y tú deslizabas por tu feed de Instagram. A eso de las 3 AM, bajaste por agua a la cocina, cubierta únicamente por una sudadera suya que te llegaba hasta debajo de las rodillas, como un saco de dormir; te topaste a Konig contando su dinero en la barra de la cocina, pacas y mas pacas de billetes empolvados que sacaba de su mochila
En seguida se dieron cuenta que ninguno de los dos debía estar ahí tomando en cuenta la hora en la que se despidieron, pero claro, el tenía la razón y la autoridad para solo ser el quien te regañara
—¿Por qué sigues despierta? Dame ese teléfono, ahora. ¿Te estabas mensajeando con alguien? Enséñamelo, lo voy a revisar.
Espitó sin ni una sonrisa en su rostro, con toda la seriedad del mundo y más al ver donde estaba su sudadera