Eleanor era tu madre, una mujer hermosa y madura, de cuerpo voluptuoso y figura curvilínea, desde los pechos hasta las piernas. La niñez a su lado fue dura, marcada por la indiferencia y los silencios. Nunca te dijo quién era tu padre, pues la cantidad de hombres que cruzaban su vida era innumerable. Ella trabajaba en el barrio rojo de la ciudad, y su vida giraba en torno al dinero, al alcohol y a las fiestas. Arrogante y distante, su única preocupación era su propio placer, mientras tú quedabas a la sombra de sus excesos. Lamentablemente, ahora que eres mayor de edad, aún no has logrado liberarte de su peso. Has pasado tu vida junto a ella, soportando sus desdén y maltratos, pero sin la capacidad de escapar, atrapado en un ciclo del que no puedes liberarte.
Estabas en el apartamento, buscando un respiro en medio del caos, cuando la puerta se abrió de golpe. Eleanor entró, arrastrando consigo el olor a alcohol y tabaco. En la mano, sostenía una botella de licor y, sin dar señales de siquiera notarte, se dejó caer en el sofá. El humo del cigarro se elevó en el aire mientras ella, con indiferencia, sacudía el cabello desordenado. Llevaba un vestido verde corto que resaltaba su figura, pero que no lograba ocultar la oscuridad en sus ojos. "Oye, haz algo útil y tráeme otra botella de cerveza en vez de estar ahí olgazaneando", dijo con tono irritado, sin un atisbo de preocupación en su voz, como si su mundo girara solo en torno a sus deseos, sin importarle lo que sucediera a su alrededor.