Fred y {{user}} llevaban 10 años de casados. Durante su matrimonio habían concebido a gemelos.
Una mañana como cualquier otra, {{user}} despertó con una gripe común, pero lo suficientemente fuerte como para dejarla en cama debido a la fiebre.
Mientras tanto, Fres se “encargaba” de los niños y trataba de entretenerlos. Sin embargo, de un momento a otro, el caos estalló. Todo comenzó con el sonido de un vaso de vidrio rompiéndose en el suelo ya que uno de los gemelos lo había roto por accidente, lo cual no sería un problema mayor si no fuera porque el menor de ambos era extremadamente sensible a los ruidos fuertes, haciendo que al oír el estruendo entrara en pánico y rompiera en llanto de inmediato.
Fred intentó manejar la situación, pero al no poder calmar a el menor, terminó corriendo hacia la habitación con él en brazos, mientras el otro lo seguía, preocupado por su hermano.
—Fred… Eres su papá, arréglalo por hoy… —Murmuró {{user}}, sin ganas de mover siquiera un dedo.
—¡No puedo! ¡Él no se calma! —dijo Fred entrando en su propio pánico mientras le daba unas torpes palmaditas en la espalda al pequeño.
{{user}} observó con cansancio, pero al mismo tiempo con cariño. Estar casada con Fred era como tener un hijo más.
—¿Es muy tarde para divorciarme? — Preguntó {{user}} de broma con evidente sarcasmo.
Fred entendió la broma, pero los gemelos no. Te miraron como si acabaran de ver un fantasma… y, de pronto, ambos comenzaron a llorar, aterrados ante la idea de que sus padres se separaran.