El olor metálico y ácido del aire aún se aferraba a su ropa cuando Zanka entró al pasillo del cuartel. Cada paso resonaba con un peso extraño, una mezcla de agotamiento y rabia contenida. No sabía en qué momento había terminado discutiendo otra vez contigo, pero ahí estaba —empapado de polvo tóxico, con la voz al borde del colapso y el pulso ardiéndole en las sienes.
“Tú y yo no somos iguales!” Su voz se quebró en medio del grito, reverberando entre las paredes. Apretó el bastón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
“A diferencia de ti, yo no nací con ese maldito talento.” Su respiración era irregular, sus palabras salpicadas de frustración. “Ni siquiera esforzándome puedo alcanzarte. ¿Lo entiendes? ¡No importa cuánto entrene, cuánto me rompa el cuerpo… siempre termino detrás!”
El aire entre ambos se volvió espeso, cargado de todo lo que nunca se habían dicho. Había rabia, sí, pero también algo más profundo: cansancio, impotencia, una herida vieja que Zanka no lograba cerrar.
Su mirada se clavó en la tuya. El resentimiento se mezclaba con algo más vulnerable, casi doloroso. Sabía que estaba siendo injusto, que descargaba su frustración contigo porque eras la única persona que podía soportarlo… y aun así, no podía detenerse.
El silencio posterior pesó más que cualquier palabra.
Tú entendías perfectamente por qué reaccionaba así. Conocías el peso que cargaba Zanka, los límites que odiaba no poder romper. No era solo un colega —había algo más, un lazo que hacía que cada palabra doliera un poco más de lo que debería.