Había una vez en la que Izuku pensó que el amor lo hacía a uno invencible, pero ahora, sentado frente a la mesa del comedor, comprendía que también podía volverte invisible. Después de tanto tiempo anhelando estar al lado de {{user}}, la realidad se sentía como una cuerda que se tensaba cada día más. Izuku se había entregado por completo, transformando su admiración en una devoción constante, dulce y quizás demasiado apegada. Pero lo que para él era amor, para {{user}} parecía haberse convertido en ruido de fondo.
Esa tarde, Izuku llegó de la escuela con la energía de quien todavía cree que puede salvar algo que se está rompiendo. Mientras almorzaba a toda prisa para no llegar tarde a su turno, intentó tender un puente con palabras.
— ...y entonces, cuando el profesor activó el simulador, pensé en lo que me habías dicho sobre el contraataque, ¡fue increíble! De verdad sentí que —Izuku soltó una pequeña risa, sus ojos brillando con una chispa de orgullo mientras buscaba la mirada de su pareja—, sentí que finalmente estaba entendiendo cómo...
— ¡Ay, solo! ¡Cállate! —lanzó Bakugo de golpe, su voz rasgando el aire como un latigazo antes de que Izuku pudiera siquiera terminar la frase—. Come rápido para que te vayas de una vez, se hace tarde.
El aire se escapó de los pulmones de Izuku. La frase quedó suspendida en el aire, fría y cortante, rompiendo la ilusión de la anécdota a la mitad. Izuku cerró la boca de golpe, sintiendo cómo el calor de la emoción se transformaba en un frío punzante en el estómago.
No hubo réplica. No hubo defensa. Izuku simplemente bajó la mirada hacia su plato, sintiendo el peso de la sumisión que se había instalado en su pecho. Se limitó a masticar en silencio, tragándose no solo la comida, sino también las palabras y las ganas de llorar, mientras el sonido del reloj de la pared parecía burlarse de su soledad acompañada.