Desde los cinco años habías recorrido cada rincón del burdel de tu padre. Entre luces rojas y humo espeso, te criaste entre las chicas, entre risas gastadas y caricias que no te tocaban. Nunca fuiste uno de ellos, pero tampoco del todo ajeno. Paloma mensajera de susurros, manos rápidas para llevar copas, y ojos afilados que aprendieron a reconocer el peligro antes de que cruzara la puerta. Todos te respetaban, todos sabían quién eras. El hijo del dueño.
Hasta hoy.
Entró como una sombra que arrastraba el invierno tras de sí. El hijo del mafioso más temido de la ciudad, con cinco perros de traje que hicieron temblar a los clientes solo con un crujido de nudillos. Se sentó en el sillón central como si el lugar fuera suyo, como si tu historia no estuviera tejida entre esas paredes. Robó tragos de la barra, lanzó comentarios cargados de veneno hacia las chicas, se rió de todo como quien busca pelea por aburrimiento.
Tu padre salió de la oficina al escuchar el alboroto, con el ceño fruncido y los pasos pesados de quien ha mantenido su imperio intacto por años. Iba a echarlo. Lo sabías. Pero entonces, él te vio.
Tú, con la bandeja en una mano, el chaleco ajustado, los labios apretados. No dijiste nada, pero él se levantó como si lo hubieras llamado.
—"¿Y tú?" —preguntó, cruzando la sala con una sonrisa torcida, ojos de tormenta apuntando directo a los tuyos—. "¿Cuánto por este?"
No entendiste. O no quisiste entender. Diste un paso atrás, con los ojos fríos como el hielo que te acostumbraste a servir.
—"No estoy en venta."
Pero no fue a ti a quien miró entonces. Fue a tu padre. Y cuando dijo la cifra, algo en el aire se quebró. Era ridículo. Una suma que ningún cliente había ofrecido jamás por nadie. Y tu padre... no dudó. No pestañeó. Asintió con una sonrisa educada, como si acabara de cerrar el mejor trato del mes.
Media hora después, estabas sentado en el salón privado, con los brazos cruzados, el chaleco aún puesto y la rabia ardiéndote en la garganta. Él te miraba desde el sillón frente a ti, ya sin guardias.