El salón del palacio parecía demasiado brillante comparado a lo que vos sentías por dentro. Los candelabros colgantes dejaban caer una luz dorada que se extendía sobre los nobles, los músicos, los invitados… y sobre vos, sentada en tu trono junto al hombre que te convirtió en reina, aunque no en libre.
Dmitri, tu esposo, el rey, mantenía esa postura impecable que usaba cuando quería que el mundo comiera de su mano. Una mano firme sobre el brazo del trono, la espalda recta, la mirada dura. Lo conocías. Sabías exactamente qué pensaba sin que lo dijera. Conocías cada expresión de su arrogante cara.
Vos, en cambio, estabas demasiado quieta. No era calma. Era costumbre. La costumbre de acatar lo que es deber y no lo que querés. La misma que aprendiste desde que dejaste de ser solo la princesa hace años.
Tu hija estaba en el altar. Respiraba como si el aire se volviera más delgado con cada segundo. Desde lejos podías ver el temblor leve en sus dedos, el brillo inquieto en sus ojos. Era imposible no reconocerlo. Era el mismo miedo que vos tuviste una vez, cuando te tocó elegir entre lo correcto y lo tuyo.
Y entonces ocurrió.
Ella dio un paso atrás. Muy pequeño. Casi tímido. Luego otro, más decidido, como si algo dentro de ella se rompiera o se acomodara de golpe. El ramo se le tambaleó entre las manos.
Y sin pensarlo más, corrió.
Atravesó el pasillo sin mirar a nadie, sin escuchar los susurros que empezaron a levantarse como si tuvieran derecho a opinar, sin importar reglas ya establecidas, títulos o consecuencias. Fue directo a los brazos del guardia que amaba.
El salón explotó en murmullos. Sillas raspando el piso, abanicos golpeando telas, voces que se mezclaban sin saber si debían escandalizarse o soltar el veneno al que tan acostumbrados están. Dmitri tensó la mandíbula hasta que los músculos se le marcaron. Podías sentir su enfado más que verlo.
Vos no te moviste.
No miraste el caos. No miraste al noble abandonado, ni a los invitados confundidos, ni siquiera a tu hija ya envuelta en ese abrazo que parecía tan inevitable.
Miraste hacia donde tu mirada siempre terminaba cuando algo realmente importaba.
Katsuki.
Líder de la armada. A quien todos respetaban, a quien sus enemigos temían, pero también aquel que alguna vez fue tuyo. El hombre que te quiso antes de que fueras reina. El que conoció tu voz antes que tu corona.
Estaba arrodillado, tal como dictaba la ceremonia: una pierna al suelo, la mano apoyada en la empuñadura de su espada, la armadura brillando bajo la luz suave de las velas. Quieto. Firme. Demasiado correcto para lo que sentías y para lo que sabías que había dentro de él.
Porque sus ojos… sus ojos no estaban obedeciendo el protocolo.
Te estaban mirando sin permiso, con una honestidad tan vieja que dolía. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si aún fueras esa chica que se escapaba a los jardines con él cuando el palacio dormía. Cuando se acostaban en el pasto a mirar las estrellas y reírse de cualquier idiotez. Cuando solo eran ustedes.
Y con aquella mirada que él te soltó, lo sentiste: ese golpe silencioso que llevabas años evitando. La pregunta que él nunca dijo en voz alta, la que se quedó atrapada el día que aceptaste tu matrimonio. La misma que vos conocías de memoria.
“¿Por qué vos no corriste hacia mí aquel día?”
Sus ojos, brillantes como un rubí, te miraban con algo que parecía añoranza, resentimiento y algo más… algo que ya no estaba permitido, pero que igual seguía ahí.