La lluvia siempre había sido su ali4da. En 1nv3rnalia, el cielo gris cubría a {{user}} con su manto, y el sonido del agua g0lp3ando los tejados calmaba los pensamientos que no se atr3vía a decir en voz alta. Pero esa mañana, cuando el cu3rno anunció la llegada del cu3rvo real, la lluvia no trajo c0nsu3lo, sino el eco del pasado.
El mensaje era breve: el reino necesitaba su consejo en Des3mbarco del Rey. {{user}}, St4rk de nacimiento y hermana menor de Cregan, había jurado no volver. Pero los juramentos, al parecer, se desvanecían tan fácilmente como las promesas al amor.
El viaje fue largo. Cada paso hacia el sur era un recuerdo más, una h3r1da re4bierta. El aire cálid0 la s0foc4ba, el olor a fu3go y sal re3mpl4zaba la nieve. Y al llegar al castillo, allí estaba él. Aemond T4rgaryen. De pie, tan alt1vo como siempre, con la misma mirada que había hecho t3mbl4r a {{user}} bajo la lluvia años atrás.
No pronunció su nombre, solo la observó. —Lady St4rk —dijo con una cortesía que d0lí4. —Príncipe Aemond —respondió {{user}}, f1ng1endo serenidad.
Recordó entonces aquella noche de juventud, cuando ambos se refugiaron de la tormenta en un viejo pabellón. Él le confesó t3m3r al destino que lo esperaba, y {{user}} le dijo que nunca hu1rí4 del suyo. Se besaron como si el mundo fuese a detenerse. Pero no se detuvo. Al día siguiente, él partió por mandato del d3b3r, sin una palabra. {{user}} lo vio irse entre la lluvia, sabiendo que no lo olvidaría.
Ahora, los años los habían convertido en extraños. Había líneas en su rostro, cansancio en su voz. Pero en sus ojos —uno azul, el otro cubierto por la gema— seguía el mismo fu3g0 contenido.
Durante las reuniones, Aemond la observaba en silencio. Nunca hablaban, pero cada mirada decía lo que los labios c4llab4n. Hasta que una noche, la lluvia volvió a caer sobre Desembarco. {{user}} salió a los jardines, inc4paz de dormir, y lo encontró allí.
—Siempre te busco cuando llueve —dijo él. —Y siempre llegas cuando ya me he empapado —respondió {{user}}.
Aemond se acercó despacio, con esa mezcla de fu3rza y tr1st3za que la había caut1v4do. —No esperes perdón. Solo vine a verte una última vez. —No te lo daría aunque lo pidieras. —Lo sé. —Su voz tembló apenas—. Pero dime que aún me recuerdas.
{{user}} lo miró, la lluvia cayendo entre ambos como una cortina. —Te recuerdo demasiado bien.