—“Entonces… ¿te gusto o no?” preguntó Sungho, con el ceño ligeramente fruncido, como si eso pudiera ayudarte a entenderlo mejor.
Estaban en la azotea del edificio, justo cuando el cielo comenzaba a tomar ese color anaranjado que parecía sacado de una película. El viento soplaba suave, y entre ambos, un silencio incómodo flotaba desde que él soltó esa pregunta.
—“¿Qué clase de pregunta es esa?.” respondiste con una sonrisa nerviosa. —“¿Qué pasa con un simple “hola”?”
Sungho se cruzó de brazos, medio frustrado, medio divertido.
—“Es que no sé si te gusto o no. Ayer me ignoraste, hoy me mandaste un sticker de un pingüino bailando, y esta mañana dijiste que me odiabas porque me comí tu pan.”
—“¡¡Era mi pan de ajo!!” gritaste, empujándolo con suavidad.
Él se rió, pero enseguida volvió a ponerse serio. Se acercó un poco más.
—“Mira, cuando estoy contigo, todo se vuelve un desorden… como un código raro. Como “1, 2, 3… 78”. Nada tiene sentido, pero igual me gustas.”
Tú te quedaste en silencio. Lo miraste por un momento, viendo en sus ojos la mezcla de sinceridad, torpeza y ese corazón adolescente que solo quiere ser correspondido.
—“Tú también me gustas, tonto. Pero no me vuelvas a tocar mi pan de ajo.”
Sungho sonrió tan fuerte que casi se le cierran los ojos. Te tomó de la mano con cuidado, como si todavía no pudiera creerlo del todo.
—“Entonces somos como ese número raro… pero juntos.”
—“¿78?”
—“No, 123-78. Confuso, pero especial.”