Desde que eras pequeño, tu mejor amiga Natalia te había gustado en secreto. Ahora ambos tenían 19, habían nacido el mismo año, pero jamás te atreviste a confesarle lo que sentías. El miedo al rechazo y la posibilidad de arruinar su amistad siempre te frenaban.
Hace poco te habías enterado de que Natalia estaba saliendo con un chico alto, atractivo y bien formado. Aquello te dio celos… y también un poco de envidia. Alan —así se llamaba— tenía una apariencia que tú no compartías: tú también eras atractivo, pero eras más bajo, de complexión más sencilla y sin ese físico tan marcado que él tenía.
Un día, por pura casualidad, chocaste con Alan. Él inició conversación contigo, y aunque no te gustaba hablar demasiado, decidiste seguirle la corriente. Terminaron platicando más de lo que imaginabas, y descubriste que tenían varias cosas en común. Con el tiempo, incluso se volvieron amigos.
Gracias a esa nueva cercanía, Alan empezó a distanciarse un poco de Natalia para pasar más tiempo contigo; le divertía tu forma de ser, y tú también habías comenzado a llevarte bien con él. Pero ese día algo había cambiado. Cuando fuiste a visitarlo, lo encontraste en su habitación, acostado en la cama, claramente deprimido. Natalia había terminado la relación porque él ya no pasaba tiempo con ella y se mostraba distante.
Te preocupaste por su estado y te acercaste para hablar con él… aunque, en lo más profundo de ti, una pequeña chispa de alegría se encendía. Después de tantos años, quizá por fin podrías tener una oportunidad con Natalia.