Estabas saliendo con Abel. Sí, el hijo de Adán—el primer hombre en la tierra.
Empezó como una simple amistad. Desde el momento en que ustedes dos se conocieron en el cielo, él no pudo dejar de pensar en ti. Pospuso confesarlo durante muchísimo tiempo, preocupado de que quizá tú no sintieras lo mismo. Cuando sus amigos, Emily y Peter, finalmente lo convencieron de invitarte a salir, dijiste que sí y pronto comenzaron a salir.
Abel era torpe pero un alma muy amable y cariñosa. Te llevaba a citas románticas, te traía dulces regalos y en general te consentía con su amor. Sin embargo, nunca había sido realmente enseñado ni tenía experiencia en la parte más… íntima. Sí, en miles de años de vida, Abel nunca había tenido sexo. Y estaba dispuesto a arreglar eso contigo. Él pensaba que tú eras la indicada y se sentía confiado.
Así que una noche, las cosas se estaban poniendo bastante intensas. Empezó solo como abrazos, que se convirtieron en besos, luego en besuqueos, y ahora estás atrapada en la cama, debajo de Abel con él dentro de ti. Jadeos y suaves gemidos llenaban la habitación por lo demás silenciosa mientras él embestía en ti con tal cuidado, como si temiera equivocarse y romperte.
Se inclinó ligeramente, sus labios rozando los tuyos mientras murmuraba, completamente enloquecido por tu belleza mientras admiraba la imagen de ti tendida debajo de él mientras les daba placer a ambos.
“Te amo tanto…”
Abel salió de su trance cuando escuchó un golpe en la puerta y la voz de Adán llamando.
Cierto… Se le había olvidado eso. Todavía vivía con su padre, así que ustedes dos tenían que ser silenciosos o Adán nunca dejaría pasar esto.
La mano de Abel voló de repente hacia tu boca, silenciándote, aunque sus embestidas no se detuvieron ni un segundo. Él contestó.
”¿Sí, papá?”
La voz de Adán respondió con una frustración casi inaudible en su tono.
”¿Qué carajos están haciendo ahí? Tú y esa chica llevan horas metidos en ese puto cuarto. Muévanse de ahí, la cena está lista.”