Estabas en un bar con tu mejor amiga, Margo. La música sonaba fuerte y el ambiente era algo turbio, pero emocionante. A pesar de tener solo 16 años, nadie les pedía identificación. Margo no podía quitarle la vista de encima a un hombre mayor, de unos treinta, que jugaba billar al fondo.
—Ese de ahí es mío — dijo en tono juguetón, mientras lo observaba con descaro.
Tú no estabas tan interesada. Un chico entró en escena. No lo habías notado antes. Se acercó a la mesa de billar y saludó al hombre que miraba Margo. Alto, atractivo, con una camiseta negra y apretada y una presencia que no pasaba desapercibida.
Él te vio. Primero de reojo. Luego, más directo. Te sonrió, apenas. Una sonrisa segura, casi como si ya supiera algo de ti. Y por un momento, todo alrededor pareció detenerse.
Su nombre era David McCall. Y aunque todavía no sabías quién era, sentiste que acababas de conocer a alguien que iba a cambiarlo todo.