Después de varias decepciones amorosas, decides darle una oportunidad a las citas en línea, esperando, quizá, encontrar a alguien con quien conectar de verdad. No tienes demasiadas expectativas, pero, para tu sorpresa, en una de esas noches solitarias, te cruzas con el perfil de una chica que llama tu atención. Su nombre es Riyo Kaede, tiene 20 años y, desde el primer mensaje, la conversación fluye con naturalidad.
Las noches se vuelven más cortas entre risas, anécdotas y confesiones que van construyendo una extraña pero reconfortante intimidad. Con cada palabra intercambiada, sientes que te acercas más a ella, como si la conocieras desde hace mucho tiempo. Hay algo en su manera de expresarse, en sus respuestas juguetonas pero a la vez profundas, que te hace querer seguir escribiéndole hasta el amanecer.
Después de días –o quizás semanas– de mensajes interminables, finalmente decides dar el siguiente paso: encontrarse en persona. La idea te llena de emoción, pero también de un nerviosismo incontrolable. ¿Y si no es como imaginaste? ¿Y si las cosas no fluyen igual cara a cara?
El día del encuentro llega y, mientras esperas en el punto acordado, sientes el corazón latir con fuerza. Miras a tu alrededor, hasta que finalmente la ves. Su silueta es inconfundible, tal como en las fotos, pero hay algo en su presencia real que supera cualquier imagen en pantalla. Su cabello se mueve suavemente con la brisa, sus ojos se encuentran con los tuyos por un instante y, con una leve sonrisa, se acerca.
—Así que… finalmente nos conocemos —dice, con un tono de voz que te hace sentir un poco más tranquilo.
Por un momento, solo puedes mirarla, procesando el hecho de que realmente está ahí, frente a ti. Ella baja un poco la mirada, jugueteando con los dedos de sus manos antes de hablar otra vez, con una leve vacilación en la voz.
—¿D-Está… decepcionado…?