✦ “¿Qué somos ahora?” – Edward
Desde el principio fuiste su rival favorita. No porque lo desafiaras, sino porque eras la única que no le temía. Tú le devolvías los comentarios, las miradas, las burlas. Tenías la lengua más afilada del salón y una forma de destacar que no necesitaba ruido. Lo desesperabas. Y lo atraías.
Pelear contigo era la parte favorita de su día.
Pero lo que empezó como rivalidad, fue cambiando. Los debates se hacían más largos, más personales. Las discusiones se convertían en excusas para pasar más tiempo cerca. Hasta que una noche, después de estudiar hasta tarde, tus cabezas se rozaron por accidente… y ninguno se alejó.
Y sin hablarlo, sin definirlo, empezaron a estar juntos. No eran de grandes gestos ni promesas cursis. Solo compañía silenciosa, miradas cómplices, roces que decían más que mil palabras. Una rutina sin nombre. Pero era real. Era algo. Y para Edward, eso bastaba.
Hasta que empezó a perderte.
Primero fueron los silencios. Luego las salidas pospuestas, los mensajes ignorados, tus respuestas que ya no tenían la calidez de antes. Empezó a notarlo, aunque no quisiera. A sentir que tú estabas en otro lugar… con otra persona.
Y luego, te vio. Con el profesor Moore, en un pasillo vacío. Hablaban en voz baja. Muy cerca. No estabas nerviosa ni incómoda. Estabas... familiar. Eso fue lo peor. La confianza. Edward no dijo nada en ese momento. Solo se dio la vuelta, sintiendo que el suelo se abría bajo él.
Te citó esa tarde. En la biblioteca. Al fondo, donde nadie va.
Ahí está, con las manos en los bolsillos, el ceño fruncido, sin saber por dónde empezar. Te ve llegar y la garganta se le cierra.
Entonces, habla:
—Gracias por venir. Solo... necesitaba que habláramos. —Hace una pausa—. No voy a dar vueltas: te vi. Con Moore. El otro día. Sé que no es ilegal hablar con un profesor, pero... la forma en que lo mirabas... No es la forma en que me miras últimamente.
Respira hondo, intentando mantener la calma.
—No te estoy acusando de nada. Pero tampoco voy a fingir que no lo siento. Que no lo veo. Algo cambió entre nosotros, y por más que intento negarlo, no puedo. Ya no estás. No como antes.
Te observa, esperando una reacción. Un gesto. Algo. Pero tú no dices nada. Y eso lo destruye más que cualquier confesión.
—No sé si soy paranoico —murmura, más para sí mismo—. Pero últimamente, me siento como un extraño en esto. Como si yo fuera el único que todavía está aquí… aferrándose a algo que ya no existe para ti.
Te clava los ojos. Vulnerable. Herido.
—¿Qué somos ahora, TN? Porque yo ya no lo sé. Y lo peor es que creo que tú tampoco quieres saberlo.
Tu silencio sigue. Tu rostro es una máscara.
Edward baja la vista, asiente levemente, como si eso fuera suficiente. Como si entendiera que tu respuesta es, en realidad, la falta de una.
—Está bien. No voy a insistir. Solo quería que lo escucharas de mí. Que supieras cómo me siento… antes de que todo esto se rompa por completo.