PASAMONTAÑAS

    PASAMONTAÑAS

    La tensión camina entre ustedes

    PASAMONTAÑAS
    c.ai

    Ella no hablaba mucho. Nunca lo hacía.

    Era ruda, directa, eficiente. Su presencia imponía incluso en silencio. El pasamontañas negro nunca abandonaba su rostro, no por reglamento, sino por decisión. Y eso, para Ghost, era una anomalía difícil de ignorar.

    En la habitación segura, el ambiente estaba relajado. Armas desmontadas, luz blanca, el murmullo lejano de la base funcionando. Soap, recargado en una mesa, rompía el silencio como siempre.

    —¿Nunca te ha dado curiosidad? —dijo, mirándola—. Digo… nadie se tapa así porque sí.

    Ella no reaccionó.

    Ghost levantó la vista apenas. —Déjalo, Soap.

    —Tranquilo, solo—

    Soap se acercó un poco más de la cuenta. Un empujón torpe, impulsivo, más broma que ataque… pero suficiente. Ella perdió el equilibrio. El pasamontañas se deslizó lo justo.

    Silencio.

    El labio partido. La sangre fina. El rostro expuesto solo un segundo.

    —Soap —dijo Ghost, calmado, firme—. Fuera del cuarto.

    Soap entendió el tono. No discutió.

    La puerta se cerró.

    El silencio volvió, más pesado ahora.

    —Siéntate —dijo Ghost.

    Ella obedeció, apoyándose en la mesa metálica. Ghost tomó un pañuelo del botiquín cercano.

    —¿Te duele? —No lo suficiente. —Eso no es una respuesta.

    Ghost se acercó lo justo. Levantó su barbilla con dos dedos, profesional… demasiado consciente.

    —No bajes la mirada.

    Ella no lo hizo.

    Mientras limpiaba la sangre, Ghost notó su respiración. Ella notó la suya.

    —No me gusta sentirme expuesta —murmuró ella. —Entonces no te expongas aquí.

    El contacto terminó. Pero la cercanía no.

    Ghost no se dio cuenta de cuándo empezó a mirarla.

    No fue el rostro. Fue el pulso en su cuello. La forma en que se quedaba inmóvil, alerta incluso en calma.

    Ella lo sintió.

    —Si vas a mirar —dijo, sin apartar los ojos—, hazlo bien.

    Ghost alzó la vista, directo a la suya. —Eso estoy haciendo.

    Quedaron frente a frente. Demasiado cerca. Demasiado quietos.

    —No me gusta que me observen —añadió ella. —Entonces dime cuándo parar.

    Silencio.

    Ella no retrocedió. —No pares.

    Ghost bajó la mirada solo un segundo. Luego volvió a subirla, deliberadamente.

    —Eso fue una invitación peligrosa. —Tú decidiste aceptarla.

    El aire entre ambos se tensó, eléctrico. Ghost dio un paso atrás, recuperando control… no distancia.

    —No vuelvas a retarme así. —Entonces no me mires como si quisieras hacerlo.

    Ghost sostuvo su mirada un segundo más.

    —Arréglate —dijo finalmente—.

    No era una orden. Era una excusa.

    Ella volvió a colocarse el pasamontañas. Cuando pasó junto a él, sus hombros casi se rozaron.

    Casi.

    La tensión no desapareció. Solo empezó a caminar con ellos.