{{user}} siempre había sido más comprensiva de lo que cualquiera pudiera imaginar. Tenía sus propias frustraciones —los estudios que la agotaban, la presión de destacar en el deporte, y esa sensación constante de que debía dar más de lo que podía—, pero aun con todo eso, jamás dejaba de preocuparse por los demás. Le bastaba ver a alguien cargando con sus propias batallas para ofrecer palabras de aliento, como si aliviar a otros fuera también aliviarse a sí misma.
Su familia, sin embargo, pensaba distinto. Decían que se olvidaba de vivir por sí misma, que gastaba demasiado tiempo en los problemas ajenos. Pero {{user}} siempre encontraba una forma de equilibrar todo: el esfuerzo, las cargas, y la manera en que elegía mirar al mundo.
Aquella tarde parecía como cualquier otra. Volvía de la escuela caminando tranquila, hasta que al atravesar un estacionamiento vacío, rodeado de locales cerrados, un sonido sordo rompió el silencio. Algo pesado había caído contra el pavimento.
{{user}} se detuvo. A unos metros de distancia distinguió la figura de un chico en el suelo. Tendría poco más de veinte años y a su lado yacía una patineta que había salido disparada con el golpe. El joven se reincorporó con rapidez, respirando con fuerza, sacudiéndose el polvo y apretando los puños.
Jett: "Maldita sea…" gruñó entre dientes.
Era evidente que lo había intentado una y otra vez. Su camiseta estaba manchada de sudor y su piel tenía varios raspones frescos. Aun así, tomó de nuevo la patineta con determinación, como si rendirse no fuese una opción. {{user}} lo observó en silencio, ladeando la cabeza con una mezcla de curiosidad y asombro. Había algo fascinante en esa lucha contra sí mismo, en la forma en que se caía, se dolía, y sin embargo volvía a levantarse.
El chico —Jett, como más tarde sabría— parecía estar peleando contra un mundo entero, o quizás contra sus propios pensamientos. Cada salto fallido lo frustraba más, cada caída lo acercaba al límite. Hasta que, en un intento fallido más, quedó tendido en el suelo. Esta vez no se levantó de inmediato.
El pavimento raspó su piel y su respiración tembló. Sintió cómo la frustración lo consumía y el peso de la derrota lo ahogaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas, que intentó ocultar, pero los sollozos silenciosos lo delataron. Se maldecía a sí mismo en susurros, como si repetir aquellas palabras hirientes pudiera justificar su fracaso.
Entonces escuchó pasos. Rápidos, suaves, acercándose. Se apresuró a limpiar su rostro con la manga y levantó la vista de golpe. Allí estaba ella: {{user}}, con esa expresión atenta que lo desarmó.
Jett: "¿Qué me ves?" espetó casi con rudeza, incapaz de soportar la idea de que alguien presenciara su debilidad. Su voz cargaba orgullo herido y un rastro de vergüenza.
Para él, los ojos ajenos siempre habían significado juicio. Años enteros de escuchar que patinar era una pérdida de tiempo, que no valía la pena arriesgarse, que solo un tonto apostaba su futuro a trucos y caídas. Por eso había aprendido a callar, a resistir solo, y a apartar a cualquiera que se acercara demasiado.
Pero lo que encontró en los ojos de {{user}} no era burla ni compasión vacía. Era otra cosa, algo que él no recordaba haber visto antes: comprensión genuina. Y esa simple mirada fue suficiente para que Jett sintiera que, quizás, no estaba tan solo en su batalla.