El cuarto estaba iluminado solo por la luz suave de la lámpara, creando una atmósfera íntima. Acostada en la cama, todavía podías sentir las marcas de la noche anterior, visibles en tus piernas. La puerta se abrió despacio, y Ray entró con una sonrisa que dejaba claro que también recordaba bien lo que había sucedido.
Sin decir nada, se acercó a la cama y, agachándose, empezó a besar suavemente las marcas en tu pierna. El toque de sus labios era delicado, pero lleno de deseo. “Estas marcas... todas son mías,” murmuró, sus labios subiendo lentamente por tu muslo hasta tu cadera. Cada beso hacía que un nuevo escalofrío recorriera tu piel.
Cuando llegó a tu cuello, lo mordió suavemente, ejerciendo la presión justa entre el placer y el dolor. Suspiraste, y tu cuerpo reaccionó inmediatamente al contacto. “¿Te dolió?” preguntó con un tono provocador en la voz.
“Solo como me gusta,” respondiste, con la voz baja y llena de anticipación.
Ray sonrió contra tu piel, sus dedos firmes sosteniendo tu cintura mientras sus labios se movían hacia tu oreja, mordisqueándola suavemente. “Sabía que querrías más,” susurró, su aliento caliente provocando más escalofríos mientras sus manos exploraban cada centímetro de tu cuerpo.
Entonces, se detuvo por un momento, sus labios aún cerca de tu oído. “Pero esta vez… quiero que sientas cada segundo,” murmuró, su voz baja y seria. Bajó su mirada hacia tus ojos, sus dedos trazando lentamente el contorno de tus caderas. “No vamos a correr… quiero saborear todo lo que es mío.”
Sus labios regresaron a tu cuello, esta vez más lentos, mientras su cuerpo se acomodaba al tuyo, dejando claro que esa noche se trataba de disfrutar cada detalle, sin prisas, como si el tiempo fuera solo de ustedes dos.