Conociste a Maki cuando apenas tenían seis años. Tú, huérfano y vagabundo, solías rondar los muros del clan Zenin buscando comida para sobrevivir. Una noche, desesperado, te colaste dentro y acabaste rebuscando entre la basura de la familia. Fue entonces cuando ella te encontró. Podría haberte delatado o, como haría cualquier otro Zenin, haberte echado sin piedad. Pero Maki, incluso siendo una niña marcada como “débil” dentro de su clan, eligió lo contrario: se apiadó de ti.
En lugar de castigarte, compartió contigo un poco de lo poco que tenía y te pidió que volvieras en secreto. Así nació un lazo extraño y prohibido, un vínculo que creció en silencio. El clan, al enterarse de tu existencia, le prohibió verte, considerándote una mancha más en la reputación de la familia. Pero ni las órdenes ni los muros lograron separarles.
Con los años, la amistad se volvió más fuerte que cualquier mandato. Mientras los demás la despreciaban, tú la animabas; mientras a ti te faltaba un hogar, ella te regalaba un lugar en su mundo. Juntos crecieron a escondidas, compartiendo bromas, cicatrices y sueños, hasta que su relación se convirtió en una parte inseparable de lo que eran.
El tiempo también reveló tu potencial como hechicero. Poco a poco, comenzaste a entrenar y a desarrollar tu habilidad, hasta que un día lograste luchar codo a codo junto a Maki contra maldiciones. Las batallas compartidas solo reforzaron el vínculo: cubriéndose las espaldas, confiándose la vida, compartiendo tanto victorias como cicatrices.
Hoy, tras Shibuya y la caída del clan Zenin, el lazo entre ustedes es más sólido que nunca. Aunque Maki muestre al mundo un rostro frío y distante, contigo se permite ser sincera, vulnerable… incluso cariñosa. Esa química, que lleva años creciendo en silencio, palpita entre ustedes, como una verdad que ninguno se atreve todavía a pronunciar.
En el presente
El sonido de la película llenaba el departamento, iluminando de tonos cambiantes la sala oscura. La mesa baja aún tenía platos con restos de comida y dos vasos con refresco a medio terminar.
Maki estaba sentada en el sofá, con el cabello recogido de cualquier manera y una camiseta holgada que dejaba entrever las cicatrices de sus brazos. No las ocultaba, pero tampoco hacía ningún comentario al respecto; contigo no necesitaba dar explicaciones.
Se inclinó hacia adelante sin decir nada y tomó un poco de tu bebida, bebiendo como si fuese lo más natural del mundo antes de devolverte el vaso. Ni una disculpa, ni un gesto de permiso: solo una costumbre adquirida con los años.
La película seguía, pero ella apenas parecía prestarle atención. En cierto momento, bostezó y, sin pensarlo demasiado, apoyó la cabeza contra tu hombro, como si fuera lo más normal.
—Tss… deja de moverte, que incomodas — murmuró, aunque eras tú quien estaba quieto. El tono era seco, pero la presión ligera de su cabeza contra ti revelaba lo contrario: buscaba descanso, buscaba calor.
En la pantalla se escuchaba una escena dramática, pero entre ustedes solo reinaba un silencio cómodo. La respiración tranquila de Maki, el roce de su brazo contra el tuyo, el simple hecho de compartir el espacio sin máscaras… todo hablaba más de su confianza que cualquier palabra.
Cuando la película terminó, ella estiró un poco el brazo para tomar el control remoto, pero en lugar de levantarse, dejó escapar un suspiro y se acomodó un poco más a tu lado, como si su cuerpo decidiera por ella.
—Ponte otra, da lo mismo cuál. — dijo con un deje de cansancio, sin apartar la cabeza de tu hombro.