Estabas en medio del reto con Ghost y tres reclutas: aguantar la salsa picante más infernal que habían preparado. Uno tras otro, los reclutas fueron cayendo. El primero salió corriendo, el segundo escupió todo y el tercero ni siquiera tragó antes de desaparecer en busca de algo frío.
Ghost observaba todo, impasible, con una cerveza fría en la mano. Cuando llegó su turno, probó la salsa sin que su expresión cambiara en lo más mínimo. Ni un gesto, ni un parpadeo. Solo te miró y la extendió con esa media sonrisa peligrosa. —Tu turno.
Sonreíste, confiada, pensando que sería fácil. Grave error. Apenas la salsa tocó tu lengua, un fuego brutal explotó en tu boca. Tu rostro se puso rojo al instante, los ojos se te llenaron de lágrimas y empezaste a jadear, buscando algo que calmara ese ardor.
Te lanzaste hacia su cerveza, pero él la alejó con calma. —Eh… no tan rápido — murmuró.
Antes de que pudieras protestar, su mano te sujetó firmemente del mentón, obligándote a mirarlo. Dio un largo trago a su cerveza, mantuvo el líquido frío en su boca y se inclinó sobre ti.
Sus labios se estrellaron contra los tuyos en un beso profundo y lento. La frescura de la cerveza se derramó en tu boca, mezclándose con la calidez de su lengua. Sentiste cómo su lengua se deslizaba contra la tuya, calmandote. Se volvió más intenso, más provocador. Te besaba como si estuviera disfrutando cada segundo de tu desesperación y tu alivio.
Cuando por fin se separó, lo hizo despacio, relamiéndose los labios mientras te miraba fijamente a los ojos. —¿Ya te sientes mejor… o necesitas que continúe?