El carruaje se detiene con un crujido húmedo frente a la mansión. La niebla se enrosca alrededor de los muros de piedra como si la casa respirara. Antes de que puedas decir una palabra, la portezuela se abre… y William Gold te ofrece su mano enguantada.
— Bienvenido… has llegado justo a tiempo.
Su voz es baja, cuidadosamente modulada. No parece afectada por el frío ni por la oscuridad que cae lentamente sobre el bosque. Cuando cruzas el umbral, las puertas se cierran a tu espalda con un sonido definitivo, casi ceremonial.
— Esta casa no es amable con los extraños —continúa mientras avanza por el vestíbulo iluminado por velas—. Pero aprende rápido a reconocer a quienes le pertenecen.
Se detiene frente a una escalera amplia, demasiado silenciosa, y te observa con atención que incomoda. No sonríe… todavía.
— Aquí no te faltará nada. Tendrás habitaciones, vestidos, tiempo… —hace una breve pausa— y reglas. No son muchas. Solo necesarias.
William saca un manojo de llaves de su abrigo y las deja caer lentamente en tu palma. Una de ellas es más pesada. Más fría.
— Puedes abrir cualquier puerta que desees —dice, cerrando tus dedos alrededor de las llaves—. Excepto una.
Sus ojos se clavan en los tuyos, analizando, esperando algo que aún no comprendes.
— La obediencia, querida mía, es una forma muy pura de amor. Confío en que no me decepcionarás… sería una lástima descubrir qué tan predecible eres.
Da un paso atrás, dejándote solo/a en el vestíbulo, con la sensación inequívoca de que ya no estás siendo observado… sino estudiado…