Base temporal, noche.
Estaban todos de regreso. El aire olía a pólvora, sudor y metal caliente. Una misión más terminada… apenas. El helicóptero estaba en mantenimiento y la lluvia comenzaba a caer, ligera, como si el cielo también necesitara respirar. Tú estabas sentado sobre una caja de munición vacía, riendo suavemente con Alex Mason, quien te contaba una de sus anécdotas —absurdas, intensas, esas que solo Mason podía contar con esa sonrisa torcida.
Frank Woods te observaba desde la entrada del hangar. Silencioso. Brazos cruzados. El cigarro apagado entre los labios, olvidado. No era la conversación. Ni la risa. Era la forma en la que tú lo mirabas a él. Esa comodidad, esa apertura que no siempre tenías con Woods.
Cuando Mason se levantó y te tocó el hombro con camaradería antes de irse, Woods ya se había girado para desaparecer en las sombras del pasillo. No dijo nada durante la cena. No durante la revisión de armas. Pero cuando ya estaban solos, tú y él, ajustando las mochilas para el próximo día, soltó la tensión como una explosión seca:
—¿Te diviertes con Mason, eh?—. El tono no era de burla. Era controlado. Pero frío. Contenía algo que no se atrevía a desbordarse.