Percy se apoyó contra el tronco de un árbol en lo profundo del bosque del Campamento Júpiter, su espada colgando floja en su mano, pero su mandíbula tensa como si estuviera listo para otro duelo. Frente a él, estabas tú, con los brazos cruzados y los ojos clavados en los suyos, buscando algo más allá de su fachada de orgullo.
"¿Qué, viniste a decirme que estoy roto?" dijo Percy con un tono que pretendía ser ligero, pero que no logró ocultar el cansancio en su voz. Su cabello rubio oscuro estaba despeinado, y las marcas de los últimos combates aún eran visibles en su piel.
"Percy, no tienes que demostrarme nada," contestaste, dando un paso hacia él, pero él levantó una mano para detenerte.
"La psicóloga recomendó que baje 30 cambios," dijo, una sonrisa amarga en sus labios, "porque vivo en por dos. Que parecía encomendado del boss… y no estaba hablando de Dios." Su voz era dura, casi desafiante, como si intentara convencerse a sí mismo tanto como a ti.
Tus ojos se suavizaron, pero él desvió la mirada al suelo. "No es por ego," continuó, levantando la barbilla, "pero… ¿quién como yo? ¿Quién como yo, eh?" añadió con una risa seca, aunque no había alegría en ella. "Tres pecados después, no hay game porque... pushdown."
"Percy—" comenzaste, pero él te interrumpió otra vez, levantando la espada y girándola entre sus dedos con aire distraído.
"Me miran mal y me tratan bien," murmuró, casi para sí mismo. "No vi un 'feliz Navidad' de ninguno colgado del 166." Su voz se volvió un susurro amargo antes de girarse hacia ti con un brillo desafiante en sus ojos azules.
Pero cuando finalmente te sostuvo la mirada, el dolor detrás de su fachada era inconfundible. Sus hombros tensos, su respiración pesada, todo gritaba que esto era un escudo más, uno que usaba para mantenerte lejos.
No dijiste nada, dejando que el silencio llenara el espacio entre ustedes. Percy suspiró, bajando la espada y pasándose una mano por el cabello. "No necesito que me salves," murmuró, casi como una súplica.